Cuando recuperé un poco el aliento, aún tumbada, giré mi cara hacia ti. Tu chica hizo lo mismo. Y sin mediar palabra, las dos nos incorporamos y nos dirigimos hacia ti, ambas llevábamos la misma intención.
Arrodilladas a tus pies, una enfrente de la otra, comenzamos a recorrer con nuestras lenguas tu pene erecto, que había permanecido expectante durante un buen rato. Mi lengua subía y bajaba, recorriéndolo todo, mientras la lengua de tu chica hacia el recorrido a la inversa. En algún instante nuestras lenguas se cruzaron produciendo una sensación electrizante que hizo que te enervaras, aumentando tu placer.
Tu chica se inclinó más hacia abajo y empezó a chuparte los testículos. En ese instante, tu polla fue toda mía. Tras acariciar suavemente con la lengua tu glande, la introduje toda entera en mi boca. Querías moverte, querías marcar tú el movimiento, pero estabas anclado a nuestras bocas.

Cuando estabas a punto de correrte, nos apartaste a las dos, no querías acabar aún. Te sentaste en una silla, como intentando ralentizar el ritmo de lo que tu cuerpo te estaba ya reclamando.
Yo me levanté, abrí una de mis piernas en un ademán de sentarme sobre ti. Giré la cabeza mirando hacia tu chica, buscando su aprobación que concedió con una sonrisa y un gesto de su mano.
Y me senté sobre ti, despacio, haciendo que tu polla invadiese todo mi coño. Ese simple gesto me llenó de placer y me recorrió un escalofrío por la espalda como antesala a lo que habría de venir después.
Empecé a moverme hacia ti, contra ti, en ti, movimientos de contracción y expulsión vaginales que me hacían acoplarme cada vez mejor a ti. Cogiste con tus manos mi culo, lo apretabas fuertemente, lo abrías y lo cerrabas en cada vaivén que yo cabalgaba sobre ti.
Nunca imaginé que yo pudiera follarme a alguien así, de aquella manera. Mientras lo hacía, y en el mismo momento en que me sobrevino el orgasmo recordé una escena de una mala película que vi en una ocasión en que una extraterrestre con apariencia humana se follaba a un terrícola en aquella postura en que yo estaba sobre ti. Y la alienígena folló tanto y tan deprisa que acabó reventando y matando al terrícola.
Grité de placer, me apreté más contra ti y creí que desmayaría sobre ti.
Mientras te follaba, tu chica se masturbaba y se introducía en el culo un juguetito que sacó de no sé dónde.
Yo me levanté, me separé de ti, me temblaban las piernas y me senté en otra silla. Tu chica se acercó, y quedándose de fie frente a mi, apoyó sus manos en el respaldo de mi silla ofreciéndote todo su esplendoroso culo. Te agarraste a sus caderas, y empezaste a follarla por el culo. Yo podía ver cómo sus bonitos pechos botaban ante mis narices a cada uno de tus empujes. Sentí el deseo de acariciarlos con mis manos, y ella empezó a gemir, dulcemente.
Antes de que llegase a correrse, te pedí que pararas. Durante unos segundos los dos me mirásteis extrañados.
“Tú has conseguido una de tus fantasías: una mamada a doble banda. Yo he conseguido una de las mías: follarte. Ahora demos a tu chica una de las suyas”. Ésas fueron mis únicas palabras y tú y yo ya sabíamos qué había que hacer.
Tumbaste a tu chica sobre el sofá, te pusiste sobre ella, colocaste sus piernas sobre tus hombros y continuaste follándotela. Yo me acomodé lo mejor que pude, y empecé a chupar la parte del coño de tu chica que tu polla no cubría, y a veces me permitía la licencia de pasar mi lengua también por la base de tu polla. Podía ver que el culo de tu chica aún continuaba dilatado, e introduje un dedo en él, y luego dos, mientras que mi lengua seguía saboreándote a ti, a ella, y a los dos a la vez.
Finalmente, tu chica gritó, gimió, se retorció, se corrió mencionando mi nombre. Décimas de segundos después te corriste tú, en ella. Y yo fui testigo muda pero complacida de ambos éxtasis.
Al cabo de unos minutos, nos cogiste de las manos a las dos y nos llevaste a vuestra cama. Estuvimos durmiendo los tres, desnudos, juntos, quizás un par de horas.

Cuando me desperté, decidí ir a mi hotel y ducharme allí, no quería molestaros y yo debía coger un vuelo para regresar a mi ciudad. Me vestí, fui hacia al salón a recoger mi bolso y mis zapatos y tú apareciste detrás. Te dije que debía marcharme y me acompañaste a la puerta.
Me apretaste contra ti, me besaste y pude notar cómo te empalmabas de nuevo. Me preguntaste cuándo volvería. Mi respuesta fue clara: “Cuando quieras, cuanto quieras…pero la próxima solos, tú y yo”.
Dedicado a alguien que me ha inspirado esta historia. Y decirte que fue más fácil imaginarlo que transcribirlo.