Abrí uno de los chorros del agua,
cogí en mis manos un poco de gel de uno de los dispensadores y empecé a
ducharme, pensando que quizás debería irme. Oí dos voces masculinas que
entraban en el vestuario y en pocos segundos estaban allí, compartiendo conmigo
las duchas comunitarias.
Nos saludamos amablemente. Yo me
sentí avergonzada, no tanto por mi desnudez, sino por lo poquita cosa que me
sentía frente a aquellos dos cuerpos tan bien moldeados, que yo intentaba
evitar mirar pero era prácticamente incapaz.
Caí en la cuenta de que no había
llevado toalla y les pregunté si tendrían una de más. Uno de ellos, el más
moreno de piel y cabello, me preguntó si era aquella mi primera vez. Seguro que
mi cara lo delataba! Y, armándome de valor y algo de chulería para dejar de
sentirme tan pequeña les dije que era la primera pero no sería la última.
“¿Te ayudamos con el jabón?”, me
preguntó el castaño. “…Pues sí…no sé…”, caramba! No sabía ni lo que me estaban
pidiendo ni lo que tenía que contestar.
Y entonces se dirigieron hacia mí,
muy pegados a mí, me aprisionaron entre sus dos cuerpos de adonis, mientras
empezaban a enjabonarme por todo el cuerpo. Yo sentía manos suaves en mi
espalda, en mis hombros, mis brazos, mi escote, di un respingo de placer cuando
uno de ellos enjabonó delicadamente mis pechos y mis pezones, manos que bajaban
al vientre, a los glúteos, a mis ingles, los muslos, las pantorrillas, y sólo
muy levemente rozaban mi sexo, cada vez más húmedo y a la vez desamparado….manos
que subían, que bajaban, que apretaban, que acariciaban, que pellizcaban, que
se deslizaban, una y otra vez, activando y excitando todos los poros, todas las
articulaciones, toda la piel…. Me sentía embriagada de sensaciones, y abría mis
piernas para que alguna de aquellas manos me penetrase, pero sólo rozaban esa
zona ardiente ligeramente y pasaban de largo.

Transcurridos unos minutos,
probablemente fueran pocos, me enjuagaron y me prestaron una toalla. Empezamos
a secarnos, me cepillé el pelo, busqué mi ropa,….
El castaño me preguntó: “¿Te hace un
sándwich?”. Yo estupefacta: “¡vaya, también hacen de comer aquí!?”.
Los dos rieron…amplias sonrisas,
bocas perfectas que daban ganas de lamerlas, comerlas, morderlas, inundarlas.
El moreno me cogió de la mano, me
besó en la boca y me dijo: “Vente con nosotros, no hace falta que te vistas”.
Y yo, superando aún el impacto de lo
que estaba viviendo aquel día, simplemente me dejé llevar. Y me paseé desnuda
por el pasillo que llevaba a la sala común, acompañada de dos probablemente
folladores celestiales, y seguramente sería la envidia de muchas y muchos de
los allí presentes.
Me tumbaron en una de las camas con
forma redonda. El moreno, sin más dilación, abrió mis piernas y empezó a lamer
todo mi coño. No hubo precalentamiento, yo ya venía preparada desde la ducha.
Era una lengua suave al tacto pero enérgica en sus movimientos, y experta en
sus presiones en los puntos correctos.
Creía que acabaría estallando allí mismo en escasos
instantes…..”me corro….”dije, y el moreno me dio dos palmaditas en mi sexo todo
abierto y húmedo: “Ni se te ocurra….aún no”.
Se levantó, abrió sus piernas sobre
mi cara y empezó a introducir su pene en mi boca. Él marcaba el ritmo y la
presión, yo tan sólo adaptaba mi boca a él, y lamía cada vez que él lo
permitía. Mientras tanto, su compañero, ocupó su lugar entre mis piernas. Jugó con su lengua en todos mis pliegues,
abriéndolos, haciéndolos explotar, mientras que empezó a introducirme un dedo
en el culo, luego la lengua, luego dos
dedos…
Cuando pensaba que ya no podía
recibir más placer, resultó que estaba equivocada. Se pararon todas nuestras
lenguas, me hicieron incorporarme y el chico castaño se tumbó encima de la cama
boca arriba. Sólo me dijo “Ven”, y yo supe que lo que tenía que hacer era
colocarme sobre él y empezar a cabalgarle.
Así lo hice, notando cómo su pene
entraba fácil y lentamente en mí, y cuando quise empezar a moverme, él me cogió
de la espalda, a modo de abrazo, y me aplastó contra él, quedando yo en
posición casi horizontal. En ese momento, su compañero penetró hábil y
dulcemente mi culo.
En ese momento entendí por qué no
debía moverme demasiado. En ese momento, doblemente penetrada, entendí qué era
un sándwich. En ese momento, me sentí envuelta por sabrosos panecillos y yo,
como en cualquier bocadillo o sándwich que se precie de serlo, era lo mejor, lo
de en medio.
Fueron ellos dos quienes empezaron a
moverse, a follarme paralelamente, y ellos quienes marcaban todos los ritmos.
Cada vez me sentía más aprisionada en aquel sabroso sándwich, y a la vez más
inundada de placer. Era una sensación difícil de describir. Era como estar
preparada para recibir un orgasmo doble y quizás simultáneo, pero el placer
estaba multiplicado mucho más que por dos.
Vuelta y vuelta. El chico que estaba
de pie, el encargado de follar mi parte delantera, apartó su pene, se
incorporó, y me pidió que me diese la vuelta. Me coloqué en esta ocasión encima
del otro chico, arreplegué mis piernas contra el pecho para ofrecer mejor mis
oberturas, y los chicos, sin apenas cambiar de posición, cambiaron de destino.
Y así el follador delantero pasó a hacerlo en la parte de atrás, y lo mismo
sucedió con el otro.
Apenas podía moverme, pues en esta
posición cualquier movimiento podría estropear el mágico y triángulo ritmo. En
algún segundo, se me pasó por la cabeza que me gustaría estar viendo aquello.
Estaba casi segura, por las sensaciones que sentía, que aquellos dos
esplendorosos penes tenían que rozarse en algún momento, en su base quizás, por
la proximidad en la que se estaban moviendo. Y esto me encendía mucho más.
Pensaba también que ya no se podía sentir más placer, y que ellos sólo podrían
sentir más si sus dos capullos se rozasen entre sí…estando dentro de mí.
Eché la cabeza hacia atrás,
apoyándola en el hombro del chico que tenía debajo, esperando la culminación
máxima, y vi acercarse a mi compañero, a mi amigo, al que me había llevado
allí.
Creo que estaba asombrado de la
imagen que estaba observando. Se acercó hacia nosotros, mientras acariciaba su
pene –a mí me pareció ese gesto de frotarse las manos de los avaros- y lo
acercó mucho a mi cara, preguntándome “¿Puedo?”. Supongo que quería participar
en el juego inundando el único agujero que me quedaba libre.
Gimiendo, pues ya no podía retener
tanto placer en mí sin explotar, le dije: “¿Ahora?. No, no…ahora no. Por
cierto, no me esperes para volver contigo”.
Puso cara de asombro, se giró y se
marchó. Sin más.
Y aquellos dos émbolos, perfectamente
lubricados, siguieron su movimiento acompasado entre sí, haciendo que me
sintiese más repleta que nunca y sobrevino el clímax, los clímax, fueron dos,
quizás más…. Identifiqué claramente los dos primeros que se iniciaron
escasamente un segundo el uno después del otro, y además de mis placenteras
vibraciones, pude sentir dentro y fuera de mí las dos vibraciones ajenas.
Una vez los tres recuperados, nos
dirigimos de nuevo a la ducha e intercambiamos nuestros números de teléfono.