La puta de la rotonda
Pasaron varias semanas desde aquella
conversación, e incluso creo que todos y todas la habíamos olvidado cuando
empezó a correr por la empresa el rumor de que en la quinta rotonda (hay cinco
rotondas para abandonar el complejo de edificios donde trabajo) había una
prostituta. Fue un escándalo ya que por aquella zona, toda repleta de gente
culta, cultivada y elegante (hipócritas también), no era habitual y nunca se
había visto ni oído nada igual. Poco tardaron los directivos de la empresa en enviar
al cuerpo de seguridad interno a invitar amablemente a la prostituta a que se
alejase de allí, y poco tardaron también en avisar a las autoridades cuando la
puta, una vez expulsada por los vigilantes de seguridad, volvía una y otra
vez…a la quinta rotonda.
Supongo que eligió la quinta porque
era la última antes de abandonar el complejo, donde era más fácil captar
clientes, y porque era la más amplia y un coche podría apartarse a un lado para
contratar sus servicios sin entorpecer la circulación.
Ya llevaba existiendo el rumor de la
puta de la rotonda más de dos semanas cuando la vi por primera vez y eso que
yo, como todos los que allí estamos diariamente, tenemos que pasar forzosamente
por esa rotonda para abandonar las instalaciones. Supongo que cuando yo pasaba
por allí, ella debería estar haciendo algún servicio. Era una mujer joven, de
veintitantos años, con una buena figura, parecía muy atractiva. La imaginé
dedicándose a otros menesteres como recepcionista, o relaciones públicas, o
azafata…tenía el típico aspecto atractivo de las atractivas mujeres que suelen
dedicarse a profesiones así.
Al día siguiente, casualmente, la
volví a ver y sin saber por qué me paré frente a ella, no sin antes comprobar
que apenas había tráfico en la rotonda, pues yo salí de trabajar tres horas más
tarde de lo habitual por un problema urgente que hubo que resolver.
Iniciamos la conversación para cerrar
un trato:
- Hola- le dije- ¿Te lo haces también
con mujeres?
- Querida –dijo, con un acento que me
sonaba a ruso o algo así-, yo lo hago con quien me pague.
- Y cuánto cobras, por ejemplo,
por…comerme el coño?- zas, lo solté. ¿Qué me estaba pasando? ¿Quizás quería
resolver mis dudas sobre aquel tema de conversación de semanas anteriores?
- Mira, por eso te voy a cobrar 30
euros, o lo que es lo mismo, media hora. Si en media hora no te corres, cosa
que dudo, tú decides si lo dejamos o si quieres pagar más.
- Y si me corro en cinco minutos? –
yo quería estar al tanto de todas las posibilidades.
- Jajajaja –rió la guapa puta,
posiblemente rusa- Estoy segura de que te correrás muy rapidito, pero entonces
si tienes más ganas, sigo trabajando el resto de la media hora.
- ¿Y dónde lo hacemos?- pregunté
torpemente.
- En tu coche mismo, si no tienes
problema. Yo no tengo sitio; si quieres ir a una habitación, tendrás que
pagarla tú aparte.
Reflexioné unos segundos:
- No, en el coche está bien, sube
Mientras circulaba hacia un
descampado que había en las afueras, le expliqué a Ylenia –ése era su nombre-
que yo sólo sentía curiosidad, que no sabía si podría llegar hasta el final y
que no esperase en absoluto que yo la correspondiese. Ella me dijo que su
trabajo consistía en eso y, como en todos los trabajos “creativos”, unas veces
salía mejor que otras. Miraba algo preocupada por la ventanilla; le dije que no
se preocupase y que al acabar la llevaría al mismo sitio o donde ella me
indicase.
Llegamos, paré el motor, y dejé
conectados el aire acondicionado y la música. Bajamos del coche, retiramos el
asiento del copiloto hacia atrás, reclinamos el respaldo, y yo me senté en él.
Delante, arrodillada y encogida se colocó Ylenia. Se inclinó hacia mí, con
intención de besarme en los labios pero yo retiré la cabeza. No sentía ningún
deseo por ella, a pesar de que era muy atractiva pero no quería que me besase. Ella pareció entenderlo, besó mi cuello y
luego desabrochó mi blusa y sacó uno de mis pechos por encima incluso del
sostén. Empezó a pellizcar uno de mis pezones, que endureció enseguida pero yo
seguía sin sentir demasiada excitación y evidentemente ningún deseo hacia ella.

Ella subió mi falda, me sacó las
bragas, y acarició mi coño con la palma de su mano. Después se llevó la mano a
la nariz, aspiró y luego lamió uno de sus dedos. “Me vas a saber a gloria”, me
dijo, y me excitó el tono en que lo hizo. Empezó a masturbarme, con sus finos
pero hábiles dedos, y entonces empecé a sentir placer aunque yo seguía estando
algo tensa. Ella lo percibió y me dijo que cerrase los ojos si me sentía más
cómoda. Y entonces me abandoné. Y sentí cómo los dedos de Ylenia acariciaban
toda mi raja, de arriba abajo, cómo se iba deteniendo cada vez más y mejor en
mi clítoris, y cuando empezó a apretarme más y más rápido y yo creí volverme
loca de placer, introdujo dos dedos de su otra mano en mi vagina y me penetró
con ellos mientras me acababa de masturbar con los otros.
Me relajé entonces. Ylenia se agachó
aún más en el escaso espacio que tenía y antes de que yo me hubiese recuperado,
empezó a lamer mi coño. Di un pequeño respingo ante la sensación de sentir su
lengua húmeda y experta. No sabía adónde mirar y miré hacia el reloj del panel
de mando; sólo habían transcurrido diez de mis treinta minutos contratados.
Me daba algo de apuro pero finalmente
incliné mi cuello y bajé la mirada hasta mi coño, y me excitó ver cómo Ylenia
se recreaba en él, hasta el punto de que hasta ella parecía disfrutar. Ylenia
lamía mi coño, de arriba a abajo, primero suavemente, luego presionando más con
su lengua. Luego la dirigía hacia el clítoris, y ahí yo creía volverme loca. Y
cada vez que parecía que me iba a correr, y ella debía notarlo, cambiaba de
táctica. Y entonces pasaba a lamer y mordisquear suavemente mis labios
(vaginales), o introducía su lengua en mi vagina tanto como podía, y me follaba
con ella.
Yo me retorcía de placer
constantemente, y la miraba, y le pedía más, y acabé abriendo más mis piernas y
sujetando la cabeza de Ylenia para acompañarla en sus movimientos o apretándola
más contra mi coño, para que ella percibiese cómo estaba yo y que necesitaba
correrme urgentemente. Ése fue mi único contacto físico hacia su persona.
Ylenia, porque era mujer o porque era
prostituta, no estoy segura, sabía verdaderamente cómo comer un coño. Al menos,
cómo hacerlo con el mío. Me estaban practicando el mejor cunnilingus que me
hubiesen hecho en mi vida y me lo estaba haciendo otra mujer. ¿Quizás se
confirmaba mi teoría?
En una de esas ocasiones en que
Ylenia chupaba y lamía magistralmente con su lengua mi clítoris, y yo iba a
correrme, volvió a recrearse en otro punto. No sé si pretendía incrementar mi
excitación o alargar más la llegada al placer extremo; en cualquier caso,
estaba consiguiendo ambas cosas. Pero en esa última ocasión, no pude más,
sujeté su cabeza, la volví a llevar al centro que me interesaba y le pedí, casi
suplicante, que no parase. Ylenia agitó y convulsionó mi clítoris hasta límites
insospechados. Me corrí en su boca, agarrando fuertemente el sujetabrazos del
coche mientras ella sujetaba mis caderas y me atraía más hacia su boca.
Cuando recuperé el aliento, volví a
mirar el reloj por no mirar a otra parte, ya que el tiempo en aquellos momentos
me importaba realmente un bledo. Veintiocho minutos. Todo casi perfectamente
cronometrado.
Bajé la ventanilla del coche y me
encendí un cigarro, ofreciéndole uno a Ylenia, que también aceptó. Le pedí
disculpas por no haberla correspondido, pero ya le había explicado
anteriormente los motivos. Me dijo que lo entendía perfectamente. Le comenté
que quizás pareciese una actitud algo egoísta por mi parte pero que no podía
sentirlo de otra manera. Ella rió y me dijo que había hecho lo correcto. No
hubo egoísmo, al menos no en aquella ocasión; yo contraté unos servicios y
pagué por ello. Lo único que debía esperar es que los servicios fuesen
cumplidos según mis expectativas.
Le pregunté, si quería satisfacer mi
curiosidad, si a ella le había gustado. Ylenia me explicó que en su trabajo no
podía elegir lo que le gustaba o lo que no; tenía que aceptar el trabajo y los
servicios tal y como le viniesen, le gustasen o no. Me explicó también que
aquel día en concreto se había follado a tres inexpertos adolescentes y que le
había practicado ambas mamadas a dos tipos barrigones y poco educados. Así es
que acabar el día, comiéndose “mi delicioso y aromático coño” (así lo llamó
ella), fue la mejor manera de acabar el día, así es que se iba para casa.
La acompañé hasta una parada de
autobús cercana. No he vuelto a sentir nunca más deseos por probar con una
mujer, siguen sin atraerme lo más mínimo. Satisfice una duda: creo que las
mujeres practican los mejores cunnilingus. Pero me sigue matando de deseo la
reciprocidad, dar y recibir al mismo tiempo, y con un hombre.