Hay momentos, cuando paseo desnuda por nuestra casa, en que tu forma de mirarme me hace sentir como si fuese una diosa. Tu mirada pasa de reflejar la admiración más profunda al deseo más desmedido. Haces que me sienta la mujer más deseada del mundo, y sé que para ti lo soy.

Foto cedida por NosotrosDos
Hay otros momentos en que, echada sobre la cama, te espero. Sólo necesito mirarte, no hacen falta palabras. Mi cuerpo te reclama y sé que el tuyo devolverá la llamada. Entonces tu mirada se vuelve en ocasiones pura lujuria y lascivia, manifestando el deseo de poseer ante el que yo me rendiré irremisiblemente.

Foto cedida por NosotrosDos
Hay momentos en que cuando tus ojos no me miran, cuando observo tu cuerpo desnudo sin que sepas que te estoy mirando, te siento vulnerable. Y esa quizás engañosa vulnerabilidad despierta mi lado masculino. Cuando te veo y te siento así, soy yo quien desea poseerte, someterte, descargar todo mi deseo sobre ti, viéndote rendirte sumisamente al placer.
Afortunadamente… tenemos otros muchos momentos.
