domingo, 10 de junio de 2012

En crisis


- ¿Y tú eres...? . le pregunté, refiriéndome a su estado civil.
- Legalmente casado, emocionalmente divorciado - me contestó, sin dudarlo un segundo.

Cada día conozco más y más gente en esa situación. Personas con parejas "estables", casadas, generalmente con hijos,...que viven una relación que hace aguas, que agoniza o que ya ha muerto, y en cambio no pueden hacer nada por salir de esa espiral de destrucción, y muchas veces de autodestrucción.

No es una pareja en crisis; es que la crisis (económica) les obliga a continuar siendo pareja, al menos legalmente. No hay medios económicos para permitirse una separación, un divorcio, para mantener dos viviendas, para mantener a los hijos, para pagar facturas y deudas...por duplicado.
Y llegado a ese punto, muchos sobreviven como pueden: hay quienes buscan fuera de casa lo que ya no tienen dentro o lo que no les apetece tener, hay quienes se van hundiendo en la miseria, en la autocompasión o en otros demonios, y hay quienes esperan un futuro mejor e intentan mantener el presente lo mejor posible.

Cuando sé de alguien que vive esta situación, me dan escalofríos, pavor, terror, miedo,.... Luego paso a la fase de la pena, la lástima. Luego no sé qué pensar ni qué decir, y acabo buscando una manera de calmar ese cóctel de emociones, centrándolas en una sola.


sábado, 9 de junio de 2012

Poll@ con almejas



-          Llegaré tarde a casa. Prepara cualquier cosa para que cenen los críos, yo tomaré algo por ahí.
-          ¿Te guardo algo? ¿Llegarás muy tarde?
-          No, no te preocupes. Comeré algo por ahí con las chicas.

Y ella colgó el teléfono, y siguió besando al hombre que permaneció a su lado y en silencio mientras ella hacía aquella llamada.
Él le quitó el sujetador con una facilidad pasmosa, casi la misma con la que consiguió agarrar con sus manos sus dos pechos y meterse uno entero en la boca. Y lamió sus pezones, los succionó, besó su cuello….
Los cristales del coche empezaron a empañarse por la condensación del calor, el calor que se estaba condensando dentro del vehículo y entre las piernas de ambos.
Empezó a llover, y las gotas de lluvia sirvieron de cómplices silenciosas y mironas caprichosas.



Él se desabrochó el cinturón del pantalón, se bajó la cremallera (dado que ella fue algo torpe y no fue capaz de hacerlo sola) y sacó a su “chiquitina”, como él la llamaba.
De pequeña nada, y ella notó enseguida entre sus manos todo su esplendor. Se inclinó sobre el asiento del conductor y la introdujo toda en su boca. Era suave, gorda, creciente y ella lamió ávida el dulce y perfecto glande.
Mientras inclinaba su cabeza, haciendo que su polla entrase y saliese de su boca, con una mano masajeaba sus testículos. Ella, algo insegura, preguntó: “¿Voy bien?”. Y él contestó: “Oh, dios, dios….”. Ella dedujo que sí.
Ella sintió una breve pero intensa oleada de algo sí como romanticismo y paró unos segundos para ver cómo aquel estupendo capullo brillaba en la semioscuridad. Una mirada de él bastó para decirle que siguiera. Volvió a su tarea, y sintió por un segundo una pequeña náusea…tanto quiso profundizar, ella misma, que tuvo la sensación de que aquella maravilla rosada tocaba lo más profundo de su garganta.

“Intentaré aguantar todo lo que pueda”, le dijo él. Y ella, separando un segundo su boca de aquel pene a punto de reventar, le dijo: “No, no te controles, deja las cosas fluir”. Y él….fluyó.
Las circunstancias no dieron para más y, aunque habría una revancha, ella comió sin ser comida, y así volvió a su casa, con su almeja fresca y en todo su jugo.

Al llegar a casa, encima del mármol de la cocina, había un plato tapado con papel de aluminio: almejas en salsa que su marido había preparado.
Sonó el teléfono, era una compañera del trabajo. “Ya has cenado?”, le preguntó su amiga.
-          Sí…..hoy, poll@ con almejas

viernes, 8 de junio de 2012

Puntería



Un chaval llega a una tienda de material deportivo y le pide al vendedor que le enseñe la mejor mira telescópica que haya para su rifle.
- Ésta es la mejor del mercado, tanto que si miras hacia la cima de aquella montaña podrás ver en mi casa el nombre del perro en la caseta.
El chaval enfila la cima con la mira y empieza a reír.
- ¿De qué te ríes, chaval? - pregunta el vendedor.
- Es que estoy viendo en el jardín a un tío en bolas corriendo detrás de una tía en bolas.
El vendedor coge la mira, la enfila para su casa y empieza a enrojecer y echar humo por las orejas. Coge dos balas y se las da al chaval diciéndole:
- Vamos a hacer un trato. Te doy estas dos balas y, si aciertas con una en la cabeza de mi mujer y con otra en la polla del tío, te regalo la mira telescópica
El chaval coge el rifle, la mira y las balas, pone el ojo en la mira y apunta el rifle hacia la casa. Después de un momento de indecisión le dice al vendedor:

- Creo que puedo hacerlo de un sólo tiro.

miércoles, 6 de junio de 2012

Doblaje



Todo empezó de una manera muy casual. Acompañé a una amiga a un casting para un anuncio publicitario. Mientras esperaba su turno junto a otras muchas chicas, yo la ayudaba a repasar su papel. Apareció de la nada una mujer, una agente publicitaria, y me dijo: “Me gusta tu voz. Llámame”.

Así lo hice y en poco tiempo estaba trabajando haciendo doblajes de voz. Empecé con anuncios publicitarios que hacían modelos y actrices extranjeras, poniéndoles mi voz. No tardé demasiado tiempo en empezar a doblar algunas películas, principalmente de personajes femeninos secundarios. Y en algún tiempo más, empecé a doblar a actrices de primera fila.

Me sentía un poco intrusa en la profesión, pues yo no me había preparado para aquello. Simplemente tenía una voz que solía gustar y un don especial (hasta poco antes, desconocido para mí) para saber cuadrar mis frases, mis risas, mis llantos, mis emociones…en la cara y las expresiones de otra persona.

Un día, en un descanso de un rodaje (llamábamos rodaje al doblaje), apareció un hombre, era un productor de cine porno y por lo visto familiar de uno de los técnicos del estudio. Me ofreció doblar una de sus películas. Aunque yo no había hecho nada en ese terreno (de hecho, seguía sintiéndome algo novata en aquella nueva faceta profesional), le dije que, como en los otros casos, vería la película, estudiaría el guión y le diría algo.

Vi la película en mi casa, un viernes por la noche. No entendía nada, estaba grabada en chino, con la mayoría de los actores y actrices orientales también. Por tanto, aunque desconocía el argumento, como pasa con la mayoría de las películas porno, eso no fue impedimento para que me excitara, sobre todo en la escena en que a la protagonista su amiga le hace un cunnilingus, ella parece negarse, pero al final no puede más y se rinde a un absoluto éxtasis.

Junto al guión había un borrador de mi contrato. Uff, la verdad es que aquel trabajo parecía muy rentable económicamente. Accedí, firmé, llamé al productor y en una semana empezamos las grabaciones.


Todo se iba desarrollando con normalidad. Algunas escenas las grababa yo sola con mi voz, y luego los especialistas hacían las mezclas con las voces de otros participantes, y otras escenas se grababan con otro u otros actores más, todos simultáneamente. Algunas escenas tenían que repetirse varias veces, pero todo entraba dentro del desarrollo normal de aquel trabajo.

En cambio, hubo una escena que se me atragantó. En ella la protagonista era doblemente penetrada, por la vagina y por el culo, ella encima de un tipo, y otro tipo sobre ella. Y eso la provocaba un placer que iba in crescendo, cada vez más, y parecía que llegaba un momento en que perdía el control, y gemía, y gritaba, y yo diría que hasta aullaba.

Nos tuvimos que saltar esa escena varias veces, dejándola para otro momento en que yo estuviese más inspirada. Era incapaz de gemir como aquella mujer, y el productor quería que mis gemidos fuesen lo más literales posibles a la grabación original.

Mientras seguíamos con el doblaje de otras escenas, yo practicaba siempre que podía, para conseguir el resultado que el productor quería. A veces mientras conducía, bajaba el volumen de la radio y ensayaba: “Mmmm….aaagggg….sí,….sí…..así….Ahahah….”. Me pilló el “pleno orgasmo” en un semáforo, olvidé que llevaba los cristales de las ventanas bajadas. El conductor del vehículo contiguo al mío estaba partiéndose de risa: “No veas cómo me has puesto la palanca de cambios, nena”.

Ensayaba en la ducha, en mi habitación: “Ah…ah…ah……más….más…..no puedo…..sí….así….aaaaggg”, hasta que mi vecina, una señora de unos ochenta años, una mañana llamó a mi puerta y me dijo que yo le daba envidia, pero que tenía el sueño muy ligero y a ver si yo podía ser más silenciosa con mis acompañantes. Resultaba que al final era más fácil fingir orgasmos de lo que cualquiera imaginásemos.

Aquello era imposible. Quedé con el productor en el estudio y le dije que, o grabábamos la escena a mi manera y con mis gemidos, o renunciaba. Sabía que ya había mucho adelantado del trabajo, pero le dije incluso que podía devolverle el adelanto que yo ya había cobrado. Pero que aquellos gemidos descomunales no saldrían nunca de mi boca.

El productor cerró de un portazo la puerta y echó la llave, quedándose conmigo dentro. Puso en marcha las placas, movió teclas, puso en Pausa la escena que debía doblar, aquella maldita escena, y me ordenó que me pusiese los cascos.

Me dijo: “voy a hacer algo para que esta escena se grabe ya de una puta vez. Cuando creas que estás preparada, das al Play del video y abres el audio del micro…Esta vez tiene que salir. El resto déjalo en mis manos”.

Y con sus manos me desabrochó la falda, me la quitó y bajó mis bragas. Le increpé, le dije que qué estaba haciendo, y él me contestó que me dejase llevar, que sólo quería salvar su película, que mirase a la pantalla, y que recordase las instrucciones cuando estuviese preparada.

Empezó a besar mis tobillos, subiendo después por mis rodillas y cuando empezó a acariciar suavemente con su lengua la parte interna de mis muslos, cerré un poco las piernas. No sabía si deseaba que aquello continuase o no, pero en cualquier caso me parecía fuera de lugar.



Él volvió a abrir mis piernas con sus manos, con delicadeza, y me pidió que confiase en él, y que no olvidase las teclas que tenía que tocar (justamente en eso estaba yo pensando en esos instantes). Empezó a acariciar con su dedo pulgar todo mi coño, verticalmente, una y otra vez, deteniéndose sólo momentáneamente de vez en cuando a hacer circulitos sobre mi clítoris, cada vez más húmedo y erecto. Aquello me estaba gustando, a pesar de que se trataba de un señor maduro, de una edad considerable, y en el que no me había fijado como hombre en ningún momento.

Me senté en un taburete, para abrir más piernas, para ofrecerme más completamente. Entonces empezó a lamerlo todo, de arriba a abajo. Yo me moría de placer. Su lengua parecía que conocía a la perfección todos los recovecos de mi coño e incluso sabía o intuía los lugares en los que tenía que trabajar más detenidamente.

Introdujo un dedo en mi vagina, y siguió comiéndome, con su sabia lengua, lamiendo toda mi savia.
De pronto se paró y se puso en pie. Alucinada, le increpé: “Pero no pares ahora, joder!

Puso él en marcha todo el mecanismo de las placas de grabación, se arrodilló frente a mí. Esta vez introdujo dos dedos en mi vagina, mientras que con dos dedos de la otra mano empezó a frotarme, a masturbarme. Empecé a gemir como nunca, se me entrecortaba la respiración cada vez que pensaba que iba a correrme y entonces él paraba unos segundos, quizás décimas, lo suficiente para que mi cuerpo implorase más. Él siguió con su juego de dedos, y volvió a invitar a su lengua a nuestra fiesta. Yo estaba con convulsiones, moviendo mi cadera hacia su cara, gritaba, reclamaba el éxtasis con palabras ininteligibles ni tan sólo para mí….intentaba mirar de reojo a la pantalla, pero de pronto la olvidé….. y finalmente, tuve uno de los mayores orgasmos de mi vida, con un grito gutural final que no parecía propio de mí.

Pasaron un par de minutos hasta que me recompuse, y volví a colocarme mi ropa mientras en el ambiente había una mezcla de olor de mis flujos y de su aliento a puros habanos. Lo más pesado en cambio era el silencio.

El productor fue a escuchar la grabación “de mi locura transitoria”, hizo una primera prueba insertándola en la escena y curiosa y casualmente quedó genial. Me miró, se lamió uno a uno los dedos que me había introducido y salió por la puerta del estudio, diciendo “Habrá más películas, querida”