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jueves, 19 de diciembre de 2013

Odalisca III: el concepto



Salí de su casa y me fui hacia mi coche. Me sentía plenamente satisfecha, pero a la vez tremendamente excitada. Él me había dado mucho, muchísimo,...tanto que quizás iba a crearme adicción y ya estaba empezando a sentir los primeros síntomas de la abstinencia.

Sentada en el coche, el motor parado, las luces apagadas, me encendí un cigarrillo. Me di cuenta de que necesitaba más, y metí la mano por la cintura de mi pantalón, por debajo del tanga, hasta llegar a tocarme. Di un respingo...estaba húmeda, muy húmeda, pero a la vez algo dolorida.
Empezé a masturbarme, sin dejar de mirar por los espejos retrovisores. Era una zona tranquila, pero para nada aislada. Estaba inquieta, no quería ser sorprendida...apreté mis piernas conteniendo las ganas y lo dejé para más tarde. Cuando volví a coger el cigarrillo, pasó un hombre justo al lado de mi coche y me miró. Me pregunté si habría estado observando antes, si habría visto algo pero no me importó lo más mínimo.
Al llegar a mi casa, me desnudé, y frente al espejo esta vez me masturbé y me corrí pensando en él y en el placer que era capaz de proporcionarme.



Fui después al ordenador y busqué qué significaba la palabra odalisca: “Una odalisca ( en turco: odalık) era una esclava del serrallo en el Imperio otomano. Era una aprendiz o asistente de las concubinas y esposas del sultán, pudiendo más tarde llegar a obtener ese estado, es decir ser concubina o, con mucha suerte, esposa... Si una odalisca poseía una belleza extraordinaria o tenía talentos excepcionales en el baile o el canto, tendría la oportunidad de ser una concubina. Si era seleccionada, una odalisca entrenada como concubina del sultán, serviría sexualmente, y sólo después del contacto sexual, cambiaría su estado convirtiéndose a partir de entonces en una concubina. En el Imperio Otomano, las concubinas se encontraban con el sultán una sola vez, a menos de que fueran especialmente hábiles en la danza, el canto o las artes sexuales, ganando así la atención del sultán…”

Empezaba a verlo claro: quizás me consideraba odalisca porque nunca llegaría a ser su esposa, ni por su voluntad ni por la mía. ¿Quizás llegaría a ser concubina y servirle sexualmente? No lo sé, no sé si mi habilidad en las artes sexuales pudiese llegar a tanto. Y en cualquier caso, no me gusta servir…ni que me sirvan.
Lo vi más claro cuando busqué imágenes de odaliscas y, curiosamente, la gran mayoría de imágenes encontradas, sobre todo en el arte, las muestran como mujeres de prominentes curvas y exhuberantes carnes. Quizás fuese por esto, por lo que me llamó odalisca.

A la mañana siguiente, quise aclararle que yo no quería ser parte de ningún harén y mucho menos podría ser nunca su esposa (él ya tiene una y en su religión y en su época otra cosa sería ilegal). Y que no entendía por qué las odaliscas eran mostradas “rellenitas”.
No me dejó hablar. Me besó en la boca, me tocó el culo y me dijo que se había equivocado de palabra, que él quería decir….(he olvidado la extraña palabra que oí de sus labios).


Odalisca o no, redondeada o no, desde entonces sólo me llama de esa manera: bella odalisca. En sus correos, sus mensajes, sus llamadas, al oído….siempre a solas. No podemos permitirnos que el mundo sepa que hay una odalisca o concubina, ocasional sólo ocasional, en su vida.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Odalisca II: Culto al cuerpo




 
Todo el tiempo que duró aquello, unas pocas horas, él iba hablando de tanto en tanto, y casi todo lo que decía eran frases referentes a partes de mi cuerpo. No sabía si su propósito era excitarme aún más, o elevar mi autoestima, o simplemente pudieran ser hasta ciertas sus palabras. Sea cual fuese la razón, lo consiguió.

Los pechos se llevaron la mayor parte de elogios, caricias, lametones, mordiscos, apretones...
Me decía: “estás llenita, pero estás pá comerte”....e iba y me comía.
Me decía: “me gustan tus piernas”, e iba y las abría y se introducía en medio.


En uno de los pequeños descansos, tumbados uno enfrente del otro, besándonos me dijo: “tienes una inmensidad de curvas, y me encanta marearme recorriéndolas, bella odalisca”.... y entonces dibujaba el contorno de mi silueta, suavemente con un dedo, desde el hombro hasta el muslo, y volvía a subir, y a bajar de nuevo, esta vez entreteniéndose por el camino a jugar con mis pezones.
En mitad de la voràgine en que se habían convertido nuestros cuerpos, hicimos un descanso más. Fuimos hacia la cocina a beber algo de nuevo y fumar. Entre calada y calada, más besos....nicotina mezclada con sabor a sexo, al suyo, al mío,... cigarrillos que no pudimos acabar porque el deseo nos llevó de nuevo hacia la habitación.


Allí empezamos a besarnos y acariciarnos, estando de pie. El deseo no nos dió tiempo a llegar a la cama. Admiré y deseé su cuerpo, como pocos he deseado. Acaricié suavemente su pecho, su torso, como quien palpa un tesoro que acaba de descubrir.
Él me dijo: “¿Sabes lo que darían muchos hombres por estar así contigo, por ocupar ahora mi lugar?”. Sonreí, casi me dieron ganas de reir, y él me dijo “mírate”.

Frente a nosotros había un gran espejo que yo ni habia visto. Y allí estaba reflejado el cuerpo del deseo, su cuerpo y el mío... lo reconocí como mi cuerpo, por supuesto, pero qué diferente se veía desnudo y al lado del suyo.
No quise mirar mucho más, y me fui arrodillando, como si fuese a postrarme ante un dios divino, y me dediqué a mostrar oralmente toda mi admiración a aquel falo majestuoso.

De vuelta a la cama, casi a punto de llegar de nuevo al pleno apogeo, me hizo girar y ponerme a cuatro patas. Pensé que mi trasero no era la mejor visión que podía ofrecer de mí misma, pero dejó de importarme en absoluto cuando sentí su primera embestida.
Empezé a gemir, me agarraba a las sábanas revueltas en un intento vano por contener la fuerza que me estaba invadiendo, y entonces él, a la vez que explotaba y me llenaba, se puso algo místico: “qué culo, dios mío, qué culo!”.

Nos sobrevino el agotamiento, el cansancio más placentero existente. Cuando recuperamos un poco la respiración, continuamos besándonos y acariciándonos. Entonces él se fijó en mis pies: “qué pies más pequeñitos que tienes!, parecen los de una gheisa!”.  Seguro que se veían pequeños al lado de los suyos, pero no sé...hice ademán de esconderlos, pues no me gustan nada en absoluto. Él los cogió entre sus manos para evitarlo y los besó.
El último beso que me dió en posición horizontal fue acompañado de otra frase: “eres una odalisca, una bella odalisca”.

Yo no dije ni palabra. Él prosiguió: “¿No sabes lo que es una odalisca?”
Pues no, no lo sé. No sé por qué razón conozco el significado de infinidad de palabras pero no sabía lo que era una odalisca.
Me besó en la nariz y me dijo: “Pues lo buscas en internet que para eso eres muy lista”.


Mientras buscaba mi tanga por todos los rincones de la habitación, pensaba que cuando llegase a mi casa buscaría qué significaba la palabra odalisca.


jueves, 5 de diciembre de 2013

Odalisca I: Pensamientos íntimos





Llego tarde, pero no demasiado ni ha sido a propósito. Voy a mandarle un mensaje:”llego tarde, lo siento. ¿Aún me esperas?”. Su respuesta: “ya tardas”, me dio escalofríos.
Llego, dos besos en las mejillas. Pienso que empezamos muy comedidos, quizás esto no funcione. Vamos a la cocina a tomar una cerveza y fumar un cigarrillo. A los pocos minutos, me besa. No pensé que besase tan bien; creo que desde mi adolescencia no sentí un beso así.
Seguimos con la cerveza. Se acerca a mí, me abraza y empieza a besarme. Ahora que lo tengo tan cerca, aún me resulta mucho más alto de lo que realmente es. Y eso que aún llevo los tacones. ¿Qué pasará cuando me los quite?

Abre mi blusa, me la quita, la deja caer al suelo, no para de besarme, y acariciar mi espalda. Se dirige hacia el sujetador; pienso que no va a poder desabrocharlo, que no es fácil. Me equivoqué: un rápido y leve juego de dedos y mis pechos quedan al descubierto.
Pienso que ahora se decepcionará. Su rostro demuestra lo contrario, y los agarra fuertemente con sus manos, sin parar de besarme.
Me coge de la mano y, desnuda de cintura para arriba, me lleva a la habitación. Me sienta en la cama, me quita con facilidad los zapatos de tacón, los pantalones, los zapatos…pienso en ese momento que ya no me queda nada que ocultarle.

Encima de la cama, yo sentada, reclinada contra la pared, continuo recibiendo sus besos, que cada vez son más intensos, más húmedos….y entonces baja a mis pechos. Pienso que no va a poder con ellos y vuelvo a equivocarme de nuevo. Sujeta hábilmente uno con cada mano, los junta, los magrea, lame mis pezones, los mordisquea, y sus gemidos de placer suenan más intensos que los míos.

Sin previo aviso, baja hacia abajo, abre mis piernas y coloca su boca entre ellas. Empieza a mover su lengua, y rápidamente empiezo a sentir placer, un placer casi desconocido, y no por olvidado sino porque era una boca nueva. De pronto, siento también cientos de punzadas de dolor; su barba recia de algunos días se clava en mi parte más sensible. Pienso que ese dolor impedirá que sobrevenga el placer, y me equivoco de nuevo. Casi incluso diría que ayuda a potenciarlo.


Empiezo a mover las caderas, contra él, sujeto su cabeza,  le pido que no pare y él sigue, obedece. Cuando logro correrme, inmediatamente él se incorpora y me besa. Ha sido tan rápido que no he acabado aún y sin saber ni cómo ni por qué le muerdo en los labios.
Él hace un gesto de dolor, le pido perdón, le acaricio, le beso…. Pienso que no ha estado nada mal, que quizás repitamos más tarde, pero él no me da tregua, y vuelve a bajar hasta colocar su lengua en mi clítoris y sus alrededores.

El dolor se convierte en una especie de quemazón; pienso que ahí va acabar todo, que no podré continuar y…afortunadamente, vuelvo a equivocarme de nuevo. A partir de este instante, los sentimientos y las sensaciones vencen a todos los pensamientos.


sábado, 1 de junio de 2013

Ya soy mayorcita




Querido amante circunstancial:
Hace muy poquitos días hizo un año de nuestro encuentro, de nuestro primer y último polvo juntos.
Porque cabe una posibilidad remota pero real de que realmente llegues a leer esta carta, no entraré en relatar todos los detalles. Pero sí diré que para mí fue una noche fantástica, contra todo pronóstico.
Contigo me salté una norma que creo que no me había saltado antes nunca: acostarme con alguien en la primera cita. Pero fui más valiente aún –o más inconsciente, según se mire- y no sólo lo hice sino que fue con alguien a quien no conocía, tú.
No puedo reprochar ni reprocharte nada de lo que sucedió aquella noche, pues todo fue genial. Al menos por tu parte: un hombre atractivo, una conversación variada y divertida, un ambiente acogedor, una cama compartida, besos como los que añoraba desde hacía tiempo, y un empeño dedicado en hacerme disfrutar.

Por mi parte….quizás no estuve a la altura. Quizás me sentí….pequeña. Sí, algo así, como si aquello y tú fuéseis demasiado para mí. Más cohibida de lo que soy normalmente, y con la inseguridad que sentí al ofrecer mi cuerpo, desnudo después de tanto tiempo, ante alguien como tú.
No fui una estrecha. Te expliqué mis razones, pareciste entenderlas perfectamente, y a pesar de eso o gracias a eso, creo que la noche se saldó positivamente.



Y entonces llega el día después. Y el siguiente. Y el siguiente. Y otro más. Y no volví a saber nada de ti. Yo no esperaba –ni mucho menos pretendía- una relación contigo.Pero sí que esperaba algunas palabras, algún mensaje, alguna posibilidad de volver a vernos….sin ningún compromiso y donde yo pudiese demostrar cómo soy realmente y no cómo fui aquella noche.
Llegué a recibir en bastante tiempo tres correos tuyos, y todos decían más o menos lo mismo: que estabas liado para volver a quedar pero que tenías muchas ganas, porque soy “una mujer admirable e increíble”, palabras textuales tuyas.
Pero ese segundo encuentro nunca sucedió, y hace ya mucho que hasta dejé de pensar en ello.
No sé por qué razón estos días lo he recordado. No soy muy buena para recordar fechas, y menos para recordar la fecha de un polvo….jajaja (bueno, quizás fueron tres?), pero esta fecha, tu fecha, se me quedó bien grabadita.


Y al fin he encontrado algo que reprocharte: basta de milongas. Soy lo suficientemente mayorcita para enfrentarme a muchas cosas en la vida, incluida la verdad. Si alguien no quiere volver a verte, ¿no es mejor saber el por qué?….”porque no me gustas”, “porque no me gusta cómo besas, o cómo follas….”, o qué sé yo. Pero no; los tipos adorables os dedicáis a dorar la píldora, a hacer o intentar hacer que una mujer se sienta bien, adorable y adorada….falsas palabras cargadas de halagos hipócritas.

Me quedo con el mejor recuerdo –irrepetible- de aquella noche y te digo que quizás perdiste tú más no habiendo una segunda y que, cuando te acuestes con una mujer, con una mujer de verdad, déjate de tonterías y háblale claro. Las mujeres de verdad podemos con eso y con mucho más.


Mi ciudad, 19 de mayo de 2013


miércoles, 27 de marzo de 2013

¡Y yo con estos pelos! (2ª parte)






No me llevó más de quince minutos depilarme y ducharme. Tardé cinco minutos en decidir qué ponerme, hasta que decidí no ponerme nada. Y así llegué hasta el Sacarino, duchada, depilada, hidratada, perfumada y hambrienta.
Sin mediar palabra, me puse de rodillas delante del sofá donde estaba sentado y con mi boca empecé a tirar del lacito que aún llevaba anudado a su polla. Él se estremeció, supongo que por el roce de mis labios, el del lazo al deslizarse o por el de mi pelo húmedo rozando su pelvis.

Empecé a saborear con deleite lo que se suponía que era mi regalo de cumpleaños. Él se moría de placer pero yo también. Creo que la mejor y más maravillosa parte de la anatomía del Sacarino era aquella: un pene ancho y largo, proporcionado con el resto de su cuerpo, vigoroso, potente y que parecía crecer cada vez más y más cuanto más lo adentraba en mi boca.

Cuando el Sacarino estaba a punto de explotar, sonó el timbre de casa y en un gesto involuntario giré la cabeza y toda su explosión cayó sobre mi pelo, húmedo y recién lavado.
Me puse una camiseta y fui a abrir la puerta. Allí estaba Joan, otro compañero de trabajo, serio donde los haya, siempre correcto, pero que tenía que tener un polvazo de muerte según me indicaba mi reloj de la líbido. Llevaba un paquete con lo que parecía ser un pastel, me dio dos besos, me felicitó y se explicó:
- Como siempre dices que te sientes sola en tu cumpleaños, he decidido hacerte una visita sorpresa.Tetraigo un pequeño pastel….anda, te acabas de duchar? Mmmm
-  Sí, pero tengo que volver a enjuagarme el pelo. Me quedaron restos de crema hidratante (que no me toque el pelo, que no lo toque….pensaba yo para mis adentros).
-    Verás Joan, estoy acompañada

Aquello no era justo. Dos meses sin follar, tres cumpleaños sin polvo, cientos de masturbaciones pensando en Joan…y el tío va y se decide cuando estoy “ocupada”. Ni hablar! No me daba la gana renunciar, así es que insistí y le hice pasar.
Cuando entró al salón y vió al Sacarino desnudo, los dos se miraron el uno al otro sin saber qué decir. Yo les dije que estaba claro que los dos querían hacerme un bonito regalo de cumpleaños y que si ellos no tenían inconveniente, yo tampoco, y que lo iba a disfrutar.


Me tumbé en el sofá del salón, con la cabeza hacia atrás en el reposabrazos e invité a Joan a que se acercase a mí. Quería probar si sabía tan bien como imaginaba. Se desnudó rápidamente, y acarició mi cara con su polla. Parecía suave, aún algo flácida, cosa que arreglaríamos en breves instantes.

Empecé a acariciarle con mis manos, sus muslos, sus ingles, su vientre….él de pie y yo tumbada, no podía llegar mucho más arriba. Me abrí de piernas, sonreí al Sacarino y le invité a que se uniese al grupo.
Y en cuestión de pocos segundos, la polla de Joan estaba en mi boca, y el Sacarino acariciando dulce e intensamente con su lengua todo mi coño abierto.

Me costaba un poco controlar mi boca y no dañar a Joan, con el placer que el Sacarino me provocaba entre las piernas, cada vez más intenso y más profundo, y precavidamente solté la polla de Joan cuando me corrí, con dulces espasmos.
El Sacarino entonces me giró, me puso a cuatro patas y empezó a follarme desde atrás. Aún no me había recuperado totalmente del orgasmo anterior, pero mi cuerpo ya pedía más, y él me lo estaba dando.  Sentí escalofríos de placer desde la primera embestida, y jadeaba, y pedía más…… Quería alargar aquello el máximo posible, y entonces Joan me sorprendió colocándose ágilmente bajo mis piernas y empezando a lamer mi clítoris y todo aquello que el Sacarino dejaba libre en cada embestida.

Creí percibir que el Sacarino dio un respingo la primera vez que, accidentalmente o no, sintió él también la lengua de Joan, pero todos decidimos seguir y yo me corrí de una manera como no lo había hecho nunca, sintiéndome infinitamente plena.
Como pudimos nos incorporamos. Les besé a los dos y les sugerí que nos diésemos una ducha y luego prepararíamos algo de comer. Me fui yo primera para la ducha, y cuando ya caía el agua sobre mi cuerpo, oí de nuevo el timbre. Tendrían que ir ellos a abrir.


Cuando salí, envuelta en una toalla y llegué al salón, allí estaba él, allí estabas tú.
Mi ciber-amante me comentó en una ocasión que algún día vendría a mi ciudad y me daría una sorpresa. Y lo hizo, vino ese día, el día de mi cumpleaños, aunque no sé quién de los dos se llevó la sorpresa más grande!.
Salí corriendo hacia él, perdiendo la toalla en el recorrido y me lancé a besarle….cuántas ganas que tenía! Mi ciberamante aún no daba crédito a lo que estaba sucediendo y le dije a mis compis que me llevaba a mi ciber a la habitación, que esperasen un rato, pero a él lo quería primero para mí sola.

Al llegar a la habitación, se sentó en la cama y mirándome –no me había visto nunca desnuda- me dijo. “Pero qué puta eres!”. Y yo le contesté: “No lo sabes tú bien”.

Volví a besarle y le bajé la cremallera del pantalón. Metí una de mis manos y ya por encima del bóxer vi lo rápido que se había preparado. Le desnudé mientras le besaba y le susurraba al oído que me alegraba mucho de que hubiese venido. Me arrodillé en el suelo, frente a él, y volví a saborear el tercer y delicioso “manjar” de mi día de cumpleaños.

Él agarró mi cabeza y acariciaba mi pelo, completamente húmedo, como húmeda estaba yo, que aquella tarde no lograba dejar de estarlo ni un solo instante.
Cuando estaba suficientemente listo y empalmado, me incliné un poco más, cogí su polla con mi mano y me la llevé a los pechos, acariciando con su glande mis pezones. La dureza de mis pezones contrastaba con la suavidad de su dulce capullo. Él se estremeció e hizo ademán de ir a cogerlos, pero de momento no se lo permití.
Y entonces cogí su polla entre mis dos enormes pechos. Y ayudándome con mis manos, la aprisionaba, la soltaba, la acariciaba de arriba abajo,…..y todo mi canalillo fue humedeciéndose mientras él no podía disimular el placer en su rostro.

Antes de permitirle acabar totalmente, me incorporé, me senté sobre él, y empecé a follármelo como muchas veces había soñado. Él sujetaba mis caderas, más bien las acompañaba en su movimiento, y bajaba su boca para lamer mis pezones unas veces, y otras apretaba y soltaba mi culo como facilitándome el camino.
Justo cuando notaba que se corría, y lo sentí en mi interior, le besé en la boca….me moría de gusto por tragarme aquel sonido de placer.


Me dejé caer, algo exhausta en la cama, y él empezó a acariciarme con sus labios los hombros, la espalda, los brazos….Me relajé tanto que me quedé dormida. Me desperté de nuevo cuando volví a oir sonar el timbre de la puerta.

Estaba tiritando, recordaba haberme tumbado desnuda y mojada. Mi ciber no estaba en la cama, no oía ruidos en la casa,…¿cuánto tiempo llevaba yo allí?
Fui a abrir la puerta y vi que no había nadie, todos se habían marchado. No podía entender cuándo ni por qué. Lo entendí cuando llegué al recibidor y vi que el sonido que me despertó fue la alarma del móvil, no el timbre de la entrada. O cuando llegué a la cocina y vi vacía una botella entera de vodka y un vaso al lado, vacío también.
Lo recordé todo. Un sueño o ensoñación, en mitad de una borrachera descomunal, en mi ya cuarto cumpleaños sin polvo!

martes, 5 de marzo de 2013

¡Y yo con estos pelos! (1ª parte)



Un año más. Me miro en el espejo y no me gusta lo que veo, pero la imagen me devuelve un guiño. Sí, tiene razón; realmente hace diez años estaba peor que ahora.
Ducha, maquillaje, hoy me preocupo en seleccionar un poco más qué me pongo y hacia la oficina. Y diez horas después, de vuelta en casa.

Había pensado regalarme un relajante baño de espuma, pero estaba demasiado cansada hasta para prepararlo. Me quité el maquillaje, me puse un chándal viejo y me senté frente al televisor, dispuesta a entretenerme con algo que me hiciera evadirme un rato. Nada, nada de nada.

Cogí entonces una peli porno que mi expareja se dejó en casa, creo que alguna vez la vimos juntos. Una mujer con traje de chaqueta negro y taconazos entra en un vestuario donde diez o doce jugadores de rugby se desnudan. Ahora recuerdo que sí, que la vimos juntos, y discutimos porque yo le decía que faltaba argumento: ¿qué hacía allí una mujer tan trajeada?, ¿era la presidenta del club?, ¿y realmente un equipo de rugby tiene tantos jugadores?, ¿y si entraron equipados porque no venían sudorosos?. Me hacía éstas y mil preguntas más, discutía con él porque decía que yo no sabía disfrutar “de una buena peli de sexo”. No, hijo no, es que hasta las pelis guarras necesitan un pelín de argumento, digo yo.

La tía se tumba en una camilla, abre las piernas, un jugador empieza a practicarle un cunnilingus, otro le mete el pene en la boca, y ella agarra otros dos más, cada uno con una de sus manos. El resto, tienen que conformarse con mirar y masturbarse. Y luego todos se van rotando. Lo bueno de esta escena, lo que más me ponía, es que ellos se tenían que repartir, pero ella recibía constante e incesantemente.
¡Qué aburrimiento, señor! No sabía a quién podía llamar; es lo malo de cumplir años en un año gris, acabado en trece, y en un lunes gris.

Llaman al interfono: “Señorita Belkis, tengo un encargo para usted, ¿me puede abrir?”
Sí, cómo no iba a abrir. Aquello me sonaba a ese programa de T5 (“Hay una cosa que te quiero decir”). Ains, qué emoción!. Abro la puerta del piso y aparece un hombre con una rosa roja, aterciopelada, con un tallo largo, en el cual había un pequeño lazo rosa y una tarjeta.
Doy las gracias, cierro y leo: “¿No decías que querías un capullo con un lacito para tu cumpleaños?”. Jajajaja. Sí, realmente el Sacarino era un capullo, y se limitó a regalarme literalmente lo que había pedido.

Voy a la cocina a buscar un jarrón para el capullo y vuelven a llamar a la puerta. Caray, el de la floristería, seguro que debí darle propina. Abro y me encuentro al Sacarino completamente desnudo, con un lacito rojo anudado a su polla. Eso sí que era un capullo, y lo demás son….florituras.

Le hago pasar, muriéndome de la risa, y en mitad del pasillo me dice “Felicidades”. Le ofrezco mi mejilla, para darle dos besos, pero él va y me mete la lengua en la boca, me la come literalmente, mientras me aprieta contra él, cogiéndome y estrujándome el culo. Pienso que después de todo, o él tiene las manos muy grandes, o mi culo no es tan inmensamente enorme como yo lo imaginaba.
Empieza a meter su mano por debajo de mi suéter, por la espalda, y en ese momento se enciende la alarma, y recuerdo…..”¡Oh, no, Dios mío….estoy sin depilar! No, no puedo permitirlo. Va a ser nuestra primera vez y le va a parecer que está con un gorila. No se salva nada, ni axilas, ni piernas, ni aquello que esperaba que se comiese con sumo deleite”.
Me aparto de él, le digo que se tape o se resfriará y que se prepare algo de beber mientras yo me doy una ducha (con Gillette en mano, evidentemente).


domingo, 10 de febrero de 2013

Despertares




Durante mucho tiempo, él me repetía que por las mañanas no estaba muy cariñoso conmigo porque yo tenía un mal despertar. Yo era arisca e irascible al despertarme y él prefería apartarse de mí hasta que el día avanzase un poco y mi humor cambiase. Y yo, que reconozco que me siento mejor cada mañana tras el primer café y el primer cigarro, le creí. Y durante años creí que él tenía razón. Hasta que un día me di cuenta que “mi mal despertar” no existía, que sólo era su visión, su opinión. En cualquier caso, era un hecho fácilmente contrastable: sólo tenía que despertar al lado de otra u otras personas.
Un día, un hombre especial me despertó así:

Imagina que mi dureza se hace evidente –y creciente- entre tus nalgas, acurrucada como te encuentras, refugiada en mis brazos; tu respirar lento y profundo me indica que duermes. Decido entonces –de hecho, mi deseo decide por mí- atreverme a despertarte.
De manera que mi mano izquierda se arriesga a acariciarte los pechos, a pellizcarte ahora un pezón, ahora el otro. Y la derecha se abre camino pubis abajo, a partir del punto exacto en que el sueño se apoderó de nosotros.
Una presión ligera, una caricia más intensa, y desplazas los muslos lo necesario para que mis dedos índice y corazón se internen en tu vulva, entreabierta y dulce. Y una caricia más en el punto adecuado, con la punta del dedo corazón, y todo se inunda de flujo, mezcla de miel y sal. 
Medio minuto después de tu estremecimiento, me haces notar que te has despertado. Aún entre la frontera entre el sueño y la vigilia, comienzas a articular una –supongo- protesta. Pero cuando te digo al oído: “Quieta, Belkis, o quizás esto no vale por todas las veces que te he escrito deseándote buenos días?”, siento cómo tu cuerpo se relaja de nuevo. 


Y tus nalgas se encogen alrededor de mi pene, para apropiarse de él, para sentirlo mejor, como si quisiesen engullirlo. Correspondo envolviéndote un pecho con la mano, apretándote el pezón entre mis dedos abiertos.
"Ahora, Belkis, dedicaré a tu perlita un toque matutino. La cogeré entre el movimiento lateral de mis dedos, para que los sientas rodeándola, pero más quietamente que si te tocase como tú misma lo haces, como yo lo he hecho antes, con la punta del dedo corazón.” 

Te acomodas sobre mi mano y percibo cómo se acelera tu respiración Tus nalgas me comprimen aún más, la vulva parece abrirse o quizás sea que te humedeces más aún, la perlita parece crecer, enderezarse como uno de tus pezones que ahora mis dedos espabilan y endurecen.
"Estás a punto de llegar, Belkis. Y yo no me pararé hasta que me lo impongas a gritos. Y entonces, mientras te recuperas o quizás para ayudar a tu recuperación, te haré girar y mamaré tus pechos. Sin tregua. Chupándolos como si quisiese sacar leche de ellos y dándoles mordiquitos para que no olvides que te deseo”.



Gracias al autor de estas palabras por cedérmelas para ser publicadas.
¿No creéis que pueden haber tantos despertares diferentes como personas diferentes puedan y quieran dormir y despertar a nuestro lado?

martes, 4 de diciembre de 2012

Reflexiones sobre los canelones






Mi amiga Raquel me invitó esta tarde a una reunión en su casa. Éramos diez mujeres en total, y venía una representante de esos famosos robots de cocina a hacernos una demostración, por supuesto con el ánimo de vender alguno.
A mí no me van estos asuntos, y Raquel lo sabe. Pero teníamos que ser diez para que ella, como anfitriona y organizadora, recibiese un regalo de cortesía. Así es que lo hice por hacerle un favor.

La representante empezó a hablar de las infinitas posibilidades del aparato en cuestión: cualquier plato era posible, en poco tiempo, introduciendo los ingredientes, seleccionando el programa adecuado, un temporizador,…una maravilla! Y luego pasamos a las demostraciones prácticas.
Yo me estaba muriendo de aburrimiento, pero me esforzaba por prestar atención. Es que nunca me  gustó cocinar.

Cocino lo justo para subsistir. Y procuro esmerarme si tengo invitados. Aparte de eso, poco más.
Mi abuela me decía que a un hombre se le ganaba por el estómago. Quería indicar, supongo, que si eras buena cocinera, ese hombre te querría o te desearía más? Mi madre es una excelentísima cocinera. Y en esta cadena de generaciones, algún gen debió de perderse por el camino porque yo apenas sé cocinar.
He conquistado algunos hombres en mi vida y, además de alguna que otra cualidad, no fue por mi buen cocinar sino por mi “buen comer(les)”.

Seguía la reunión y pasamos a elaborar unos canelones. “Veréis –decía la representante- lo sabrosos que salen y en qué poco tiempo. Plato típico navideño de estas latitudes con el que podréis deleitar a vuestros invitados”.
Y todas empezaron a hablar y a hablar de cómo hacen la salsa bechamel: una que le pone pimienta además de la nuez moscada, otra que le pone dos gotitas de esencia de no sé qué hierba,… y yo callada.

Entonces María, otra amiga de Raquel, que me cae gordísima, se dirige a mí para preguntarme por mi bechamel: “¿Y a ti cómo te sale o cómo te gusta más?”.
Le contesto: “A mí no me sale, me suele salir con muchos grumos. Entonces busco a un maromo que sepa hacerla y cómo más me gusta, es probándola en sus dedos”.
Raquel me mira seria, como si me diese una reprimenda. Pero sé que en el fondo le hace gracia.


María se cree la mujer perfecta: sus platos son los mejores, su ropa la más impoluta, su casa inmaculada,…y todas estas cualidades de ama de casa seguro que su marido las aprecia como grandes dones. Quizás una mamada como tiene que ser no está entre ellos y por eso viernes sí, viernes no, su marido viene a meterse en mi cama, otro momento en el que yo demuestro que se me da bien comer.
Y María insiste: “Chica, pero si la bechamel es muy sencilla. Entiendo que para el relleno de los canelones se ha de tener otra aptitud superior, y saber distinguir una carne de buena calidad, pero la bechamel….”, y seguía, y seguía martilleando.

La verdad es que los canelones se me atravesaron, junto con la verborrea de María. Me levanté, y me acerqué a ella para decirle algo antes de irme: “¿Y tú, querida, cada cuanto follas y de cuántas maneras diferentes?”.
No pretendía que me oyese nadie más que ella, pero la tensión se mascaba en el ambiente, se hizo el silencio y todas me oyeron. Esta vez Raquel estalló en carcajadas.

Me fui, necesitaba aire fresco. Salí a la calle. Hacía frío, no me puse la chaqueta, y noté cómo se me endurecían los pezones. Entonces llamé a R., con quien había comido hoy a mediodía, y le dije: “Tengo hambre”. Dos simples palabras que él entendió a la perfección.


Ahora estoy en casa, en mi cocina, acabando la cena para R. y para mí, porque hoy comimos pero nos quedamos sin postre.
Aguacates rellenos de langostinos con salsa rosa, que esperan en la nevera. Medallones de lomo ibérico en salsa agridulce, acompañados de puré de patata y puré de zanahoria, que esperan en la olla a baja temperatura.

Y ahora fundo chocolate donde sumergiré brochetas con trozos de frutas variadas.



Suena el timbre. Es R. Pruebo el chocolate, empieza a fundirse, aún no está hirviendo. Cojo una cantidad con la espátula, me quito la camiseta, y unto chocolate en mis pechos. Ahora huelen mucho mejor! Voy a abrir, quizás R. quiera empezar por el postre.
Después de todo, quizás no me desenvuelvo tan mal en la cocina.


Dedicado a Isaac.

viernes, 16 de noviembre de 2012

Asistencia técnica



 
Me pidió que me desnudase, completamente, que me tumbase en la cama y que me masturbase mientras él me observaba, enfrente, sentado en una silla.
Me pareció algo raro pero facílisimo; creo que es la práctica sexual que mejor se nos da a todos, porque sabemos a las mil perfecciones cómo hacerlo, controlarlo y dejarnos llevar.

Abrí mis piernas y empecé a acariciarme. Él permanecía, aparentemente impasible, allí sentado, mirándome sin decir nada. Cada vez me encontraba más húmeda, más excitada. Cuando saqué mis dedos para humedecerlos en mi boca, él se revolvió un poco en la silla, sonriendo,…. Creo que estaba disfrutando casi tanto como yo, y que su entrepierna le estaba ya incomodando contra el pantalón.
Yo seguía acariciándome; con mis dedos recorría mis labios mientras con mi lengua humedecía los otros. Todo eran labios húmedos, reventando hacia el placer.

De vez en cuando dejaba las caricias labiales para introducirme dos dedos, tan adentro como podía, deseando ya que él viniese a sustituirme y a hacer esa labor. Después los sacaba, y acariciaba en pequeños y suaves círculos mi clítoris, preparándolo para la explosión final, y cuando creía que iba a llegar, lo dejaba y volvía a meterme dos dedos, tres,… quería alargar aquel momento el máximo posible.


El hecho de que él no dijese nada, de que permaneciese prácticamente inmutable, y teniendo en cuenta que apenas nos conocíamos, me hizo pensar que quizás él no estaba disfrutando.
Y ese pensamiento hizo que mi excitación se congelase, a pesar de que yo quería continuar, deseaba acabar, no como quien finaliza un tormento sino como quien ansía un éxtasis.

Descalza y desnuda me levanté y le dije que su mirada y su silencio me coartaban un poco. Me dirigí hacia la ventana de la habitación para bajar un poco la persiana,…quizás la penumbra y no sentirme tan extremadamente observada me ayudasen a retomar mi camino al auto-placer.

Él se acercó a mí, por detrás, me besaba en el cuello, y mientras acariciaba mis pechos haciendo que me encendiese de nuevo en tan sólo unos segundos, me dijo que lo único que pretendía con su exhaustiva observación era aprender, saber en qué puntos me gustaba más tocarme, intentar descifrar la presión, descubrir cuál era el ritmo que necesitaba al principio y al final,…quería masturbarme él aprendiendo de mí.





Se pegó más contra mí, y yo movía y apretaba mi culo contra él, notando su erección a través de la tela de su pantalón, y dirigiéndola hacia mí. Mientras cogía uno de mis pezones y lo acariciaba suave y fuerte alternativamente, dirigió su otra mano hacia mi coño, y empezó a acariciarme.

A pesar de que lo hacía maravillosamente y que el resultado final prometía, le dije que le iba a enseñar, que él iba a aprender cómo me gustaba, tal y como pretendía. Cogí su mano con la mía; aunque la mía era más pequeña, intenté que cada uno de mis dedos se situase sobre los suyos, en la misma posición.


Y entonces empecé a masturbarme, guiando su mano, apretando sobre todo como guía en el dedo corazón que era el que yo más solía utilizar. Y aunque él intentaba hacerlo sólo, dejarse llevar por su instinto, o por su experiencia, o por su excitación, yo se lo impedía…. y guiaba su mano, sus dedos, la presión, el ritmo,….y cuando logré estallar, él me apretó más contra sí para no caer al suelo.

Mientras me recuperaba, no podía parar de pensar en la sensación tan mágica que había vivido: una masturbación como a mí me gustaba, exactamente igual, a través de otras manos, otra piel, otro tacto.
Él empezó a desnudarse mientras yo me tumbaba en la cama y le dije que en ese momento debía repetirlo él, pero sólo, sin mis manos como guía, a ver si había aprendido bien la lección.