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viernes, 11 de octubre de 2013

El comedor perfecto



 
A él le encanta comer coños. Así de llano y de simple.
Nada le llena, le excita ni le satisface tanto como tener un coño en su boca, saboreándolo, haciendo que su lengua juegue con él, haciendo que el clítoris se hinche incluso hasta límites insospechados para su dueña.

Él deja elegir a la mujer que le ofrezca su coño la posición en que ella lo prefiera: tumbada boca arriba, a cuatro patas, sobre su cara, de pie mientras él se arrodilla,… en cualquier posición él disfruta lo mismo y sacia ese deseo de comer, lamer y chupar, cada vez más incontrolable.
Aunque su vasta experiencia le ha demostrado que la mayoría de las mujeres disfrutan más de una comida de coño mientras están tumbadas boca arriba, pudiendo así abrir más sus piernas ofreciéndole a él esa abertura en todo su esplendor, y resultándole a él quizás más cómodo también.


A veces, en sus citas, ha llegado a espantar a alguna mujer, porque no todas entienden que él sólo quiera comerle el coño, y si puede ser varias veces seguidas, mejor. No todas las mujeres entienden que él sólo quiera eso.
Y su lengua, entrenada magistralmente coño tras coño, está vigorosa y no se cansa nunca de lamer.


Él sabe percibir en su lengua cuándo una mujer necesita que él acelere el ritmo de su lengua, o lo ralentice, o cuando ella necesita una penetración con los dedos paralelamente al juego de la lengua….
Como un ciego que desarrolla algún otro de sus sentidos, él ha desarrollado unas aptitudes increíbles en su lengua, y distingue texturas, sabores, rugosidades, vellos, olores,… él sabría reconocer con los ojos vendados y usando su lengua, cualquier coño que hubiese probado antes.
Y él no pide nada a cambio. Porque el placer lo obtiene así. Si alguna de las mujeres a las que ha practicado un excelente cunnilingus pretende después practicarle una felación o simplemente follar, él lo permite…y disfruta, y generalmente se corre. Pero si eso no sucede, si en alguna rara ocasión alguna mujer no quiere nada más después, él ya está satisfecho, se siente pleno a pesar de que algunas veces acabe masturbándose para calmar su excitación.


Otras mujeres, quizás las menos, le han entendido, y le ofrecen gustosamente su coño de cuando en cuando. Y él disfruta, y ellas gozan, y ellas odian comparar pero nadie les ha comido el coño nunca de semejante manera.

Es el comedor perfecto. Lo hace muy bien, se adapta a cualquier coño, no le importa repetir una y otra vez y no espera nada a cambio. Para mí sería ya perfecto del todo si fuese, por ejemplo, mi vecino y pudiese llamarle cada noche. 


Dedicado con cariño a alguien que, aunque no lo he probado, creo que es un gran comedor.

martes, 13 de agosto de 2013

Un alto en el camino

 
 Llevaba ya más de cinco horas conduciendo y me sentía realmente agotada. Eran poco más de las seis de la mañana, empezaba a despuntar el día y sólo me quedaba alrededor de una hora para llegar a casa de mi amiga, pero me pareció que era demasiado temprano para presentarme allí.
Decidí coger una salida y dirigirme a la primera playa que encontrase. No fue nada difícil. Creo que nunca había visto amanecer junto al mar y me pareció algo realmente mágico, como un rayo de vida. Y eso era lo que yo necesitaba después de haber dejado a mi pareja tras una relación de cuatro años.
Saqué una manta que llevaba en el maletero, y me tumbé en ella sobre la arena. Quizás no me durmiese, o quizás solo una pequeña cabezada, pero necesitaba tanto y tanto descansar!

Finalmente debí quedarme dormida, pues al cabo de no sé cuánto tiempo abrí los ojos y el sol me deslumbró. Tenía la boca seca. Tumbada, pude ver que aún era temprano, no había nadie todavía por allí. Me giré hacia el otro lado, y entonces volví a sentirme deslumbrada.
Vi a un hombre desnudo, radiante al sol, bello, de un cuerpo escultural, incitaba al deseo y a la lujuria con sólo mirarlo.
Me quedé mirándolo. Parpadeé repetidamente. Estaba alucinada. O quizás tuve un accidente y aquello era el cielo, y aquel morenazo sería un querubín. No, no podía ser; los ángeles no tienen sexo y aquel tenía un sexo muy bien marcado. Tragué saliva, la poca que aún generaba mi boca, y entonces él me ofreció la botella de la que estaba bebiendo.

Foto cedida por otro excitante lector anónimo

Bebí, insaciable, intentando contínua e inútilmente apartar mis ojos de él. Creo que en pocos segundos batí todos los récords y lo recorrí varias veces de arriba a abajo. Él se dio cuenta y me aclaró que nos encontrábamos en una playa nudista y que haría bien en desnudarme antes de que llegasen los primeros bañistas y yo llamase la atención, precisamente por estar vestida.
Dicho esto, se fue al baño. Se zambulló, y aún vi su trasero resurgir de entre las olas. Se puso de pie, se volvió a zambullir, así varias veces hasta que empezó a nadar mar adentro. Parecía Neptuno sin tridente, y ni falta que le hacía, con lo que tenía colgando.
Cuando dejé de verle, decidí desnudarme y darme un baño. Si no me alejaba demasiado de la orilla, podría bañarme, salir, envolverme en la manta y vestirme antes de que él regresara.
Después del cansancio por conducir y de lo excitada que me dejó aquel tipo, el baño resultó reconfortante. Me tumbé, haciéndome la muerta, y dejé que las olas me acariciasen y me balanceasen….era una sensación mágica y agradable. De pronto, sentí que algo tocaba mi pierna, ¿sería una medusa?

Me incorporé y allí estaba desnudo aquel morenazo. Hice ademán de taparme los pechos, pero el agua estaba bastante clara, sí señor, ya lo creo, yo a él lo veía perfectamente.
Él se rió y me previno de que a escasos metros de donde estábamos el suelo hacía un importante desnivel.
Le di las gracias y no sabía qué hacer. No quería salir del agua y que me viese totalmente desnuda. Sin mediar palabra, se acercó a mí, me apretó contra él, y empezó a besarme y a manosearme.
Evidentemente, me resistí. ¿Qué se había pensado? Si no había nadie más, podía follarse a un pez, o a la primera sirena que pasase por allí, pero ¿a mí?


A medida que me apretaba el culo, y me acariciaba el pecho, fui dejando de resistirme y empecé a corresponderle. Tan tonta me sentía, que no imaginaba que una pudiese humedecerse por dentro….estando dentro del agua, pero ya lo creo que era posible.
Allí de pie, en medio de una playa desierta, bajó sus manos y entreabrió un poco mis muslos. Empezó a acariciar muy suavemente mi coño….yo me moría de placer, casi sentía que mis piernas no aguantarían mi propio peso. Como si adivinase mi pensamiento, mi Neptuno particular me cogió por los muslos, me izó, haciendo que rodeara su cintura con mis piernas.

En un movimiento que a mí me pareció mágico pero para él debía de ser de lo más natural, con una mano me apretó más contra él y con la otra presionó la parte baja de mi espalda haciendo que en un abrir y cerrar de ojos su polla entrase fácil y cómodamente en mí.
Yo no podía creer lo que estaba haciendo y menos aún lo que estaba sintiendo. Le besaba, le acariciaba mientras intentaba sujetarme fuertemente a sus brazos, a sus hombros. Y creía morirme si no empezaba a notar ya cómo trabajaba su polla dentro de mí, así es que decidí moverme, haciendo que su polla entrase y saliese de mí, mientras hacía algo de esfuerzo porque mis piernas no se soltasen de su cintura.


Y él hizo lo mismo, me embistió, con todas las fuerzas con que podía hacerse en una situación como aquella, sujetando hábilmente mi espalda, apretándome como él para acompasar nuestros movimientos, que aumentaban en profundidad, en velocidad, en intensidad…hasta que finalmente los dos estallamos, y nos corrimos…y todos los ríos van a parar al mar.
No sé cuánto tiempo más permanecí así, sobre él. Fue él quien me depositó en el suelo y me cogió de la mano para que saliésemos del agua.
Lo que sucedió en los cuatro días siguientes en que me quedé allí daría para otras cuatro historias. Todo empezó cuando, ya en la arena, envié un mensaje a mi amiga: “Llegaré dentro de varios días. Tu abuela tenía razón: una mancha de mora con otra mora se quita”.




lunes, 22 de julio de 2013

Esencia. Puzzle





Se conocieron por internet, algo tan común en estos días! Conocerse no es la palabra exacta ya que muchas veces no llegas a conocer ni al que duerme a tu lado cada noche. Dijéramos que contactaron.
Momento de presentaciones, de risas, de intercambiar datos, correos,… y en un momento dado presentarse mediante fotografías.
Él quiso jugar con ella y le preguntó qué parte del cuerpo de un hombre le gusta más y cuál menos, y le mandaría una foto de cada una de esas partes. Ella respondió rápidamente: la parte que más, sus hombros; la parte que menos, sus pies. Y él así lo hizo mandándole una foto de cada una de esas dos partes.
Durante un tiempo, él le fue enviando fotos de diferentes partes de su cuerpo y le dijo que ella fuese componiéndolas como si de un puzzle se tratara. También la advirtió de que la parte que nunca le enviaría sería la de su rostro.

Finalmente ella completó casi toda la serie y quedó bastante asombrada. Ya estaba asombrada antes en realidad: aquel hombre, por su forma de hablar, le parecía que tenía ese un puntito canalla que a ella tanto la excitaba y a la vez era capaz de ser cariñoso o sensible cuando la ocasión lo requería, y por si fuera poco, era capaz de parecer canalla utilizando un lenguaje exquisito.
Él le preguntó qué le parecía. Ella dijo que estaba asombrada pero que faltaba una pieza, la esencia.  Un cuerpo que te transmite mucho no está completo sin la verdadera esencia, lo que puede transmitir la mirada, el tener cara a cara a la globalidad de aquella persona.

Foto 1, cedida por un lector anónimo

Un tiempo después quiso el destino que pudiesen conocerse personalmente, tomar un café, una charla agradable y ella pudo corroborar que la impresión que se había hecho de él a través de sus palabras y de sus imágenes recortadas era muy acertada. Y cuando él se acercó a su cuello como si fuese a besarla y le dijo al oído “ya tienes también mi esencia”, pareció que el puzzle estaba completado. Ambos estaban equivocados.

Anocheció y llegó el momento de despedirse. Él le dio dos suaves besos en las mejillas.  Ella pensó: “Claro, un beso en los labios hubiese quedado demasiado romántico y no es su estilo, pero….¿se va a ir así, de rositas?”.
Ella le dijo al oído.” ¿A qué no eres capaz de tocarme el culo?”, a ver si de esta manera le provocaba un poco. Él sonrió, se acercó a su boca, mordió con bastante presión sus labios (lo del beso seguía pareciendo no demasiado apropiado), apretando con las dos manos sus nalgas y le dijo muy cerquita del oído: “Y a que tú no eres capaz de chuparme la polla?”.

En pocos minutos estaban en el asiento trasero del coche de ella. Ella besó su cuello, bajo hasta sus pezones, los lamió y con la lengua, ayudada de sus manos recorrió el camino que le quedaba hasta el erecto miembro de él.

Foto 2, cedida por el mismo lector

Ella saboreó aquella polla como si fuese la primera, como si tuviese un sabor que nunca antes hubiese probado, como si estuviese hambrienta de aquel único alimento, y en cambio lo hacía con una maestría de quien conoce sobradamente los mecanismos del placer.
Seguidamente, se bajó el tanga y se subió el vestido y se colocó encima de él. A ella le sorprendió desde el primer segundo que aquella polla se acoplaba a la perfección a su coño, que los vaivenes hacían que el placer fuese creciendo en los lugares en que tenía que crecer…..eso sí que era un puzzle, ahora encajaban todas las piezas.

Antes de que él se corriese, ella bajó, se arrodilló frente a él y volvió a aquella polla que, al contrario que muchas, le parecía exquisita. Él empezó a acelerar su respiración, el momento era inminente; con un gran esfuerzo la previno, por si ella quería apartarse….pero ella no podía ni quería parar, sabiéndose dueña al menos en aquel instante del placer de un hombre como aquel.



Y él explotó en aquellos labios carnosos, que seguramente no lo serían menos de otros labios donde tenía pensado explotar muy, muy pronto.
Se miraron a los ojos y los dos comprendieron que la verdadera esencia era aquello que chorreaba desde la comisura de sus labios hasta su escote.



viernes, 19 de julio de 2013

Reunión de trabajo



Al fin había llegado el gran día, el día de la presentación de la campaña publicitaria que él había diseñado.
Ya había hecho otros trabajos como publicista, no en vano llevaba cinco años dedicándose a ello y no le estaba yendo demasiado mal. Pero aquella campaña era para una compañía de mucho renombre, para el lanzamiento de un nuevo producto, y estaba seguro de que si todo salía bien, aquello lo catapultaría profesionalmente hacia el éxito, porque aún en período de crisis, la gente sigue consumiendo…incluso publicidad.
Hizo la presentación, pasó el video, explicó la campaña publicitaria y todo el mundo permanecía en completo silencio, tanto la junta directiva de su empresa como los representantes de la compañía del producto. Al acabar, el silencio perduró unos segundos más y finalmente, hubo aplausos.

Él se sentía satisfecho y se ofreció a responder algunas cuestiones si las hubiera. Justo cuando el primer comprador alzó su mano, sonó su teléfono móvil. Maldijo interiormente no haber recordado desconectarlo antes de entrar en la sala. Miró que el remitente del mensaje era su esposa.
Pidió disculpas por la interrupción y decidió continuar, contestando a la cuestión que le habían planteado. Hubo un par de consultas más que él resolvió sin ningún esfuerzo, y mientras se oían varias voces al unísono de los directivos que intentaban ultimar detalles del contrato, entró un nuevo mensaje de ella, de Mia, de su esposa.

Pensó que si ella no había llamado al número de la oficina debió ser porque se trataba de alguna emergencia. Así es que leyó el primer mensaje: “Querido…¿recuerdas cuando ayer por la tarde, acabando tu trabajo, me dijiste que me fuera de compras con alguna amiga, que me comprase algo bonito?....Pues lo he hecho. Ahora te envió un mensaje con la foto”.
Él pensó incrédulo en que casi se jugó una reunión importante por algún trapo-última-moda. Pero ya no le necesitaban en la reunión, así es que abrió el segundo mensaje, junto a una fotografía.

Foto cedida amablemente por Mia Jones-Wallace

“Sí, querido, me he puesto un pearcing en el ombligo. ¿A qué me queda mono? ¿Quieres venir a verlo?...te estoy esperando”.

Algo le pasaba a Mia, nunca solía llamarle a la oficina, nunca se hizo fotografías desnuda, nunca le tentó tanto como entonces.
Volvió a mirar la fotografía; era cierto, se había agujereado el ombligo. Y de pronto sintió deseos de besar su ombligo, de chuparlo junto a las bolitas de aquel artilugio, de oler su perfume, de succionar sus blancos pechos, de poseerla pero ya.


Mia estaba en la cocina, preparándose una ensalada para comer. Para ella sola; imaginaba que él estaría reunido, que no habría visto aún su sorpresa, que luego tendría que hacer gestiones y que por supuesto no vendría a comer. Poco podía sospechar ella en esos instantes que no llegaría a comer y que él estaba conduciendo hacia su casa, quitándose la corbata y abriéndose la camisa, mientras se saltaba ya demasiados semáforos en ámbar y cuando lo que en realidad le presionaba eran sus pantalones.


Dedico esta entrada a Mia por su generosidad y confianza al cederme (para deleite de todos los que aquí nos juntamos)  esta bonita imagen suya.

lunes, 20 de mayo de 2013

Una sirena en mi bañera



Desde que ella entró a trabajar en el restaurante, acude a casa tarde, ya bien avanzada la noche, todos los días.
Casi siempre se repite el mismo mágico ritual a su llegada, que yo escucho desde mi cama. Pasa por la cocina, abre la nevera, bebe agua o un refresco, suelta el bolso y las llaves del coche en la encimera, sube las escaleras y se dirige al baño que hay enfrente de nuestra habitación.

Abre el grifo de la bañera-jacuzzi, y a pesar de los borboteos del agua, casi siempre oigo o me parece oir cómo se desliza la ropa por su cuerpo, hasta quedar tirada en el suelo. Oigo cómo entra dentro y a veces hasta me parece percibir cómo los borbotones de agua suenan entonces de manera diferente, como marcando un jolgorio orgásmico al chocar al fin contra su piel, contra su cuerpo.

A veces camino descalzo, de puntillas, y me asomo un poco por la puerta si es que ella la ha dejado entreabierta. Por la posición de la bañera, sólo alcanzo a ver sus piernas. Sus maravillosas piernas.
El agua las acaricia, ella se queda totalmente quieta algunas veces, y otras se mueve algo inquieta en el agua. En cualquier caso, el hecho de poder ver sólo sus piernas desde aquella posición me hizo jugar con la idea de que tenía una sirena en mi bañera.



Cuando sale de la bañera, vuelvo a mi cama y me hago el dormido. Oigo entonces el tapón del bote de su crema hidratante, y ese adorado, íntimo y conocido perfume empieza a inundarlo todo, y unos minutos más tarde, el ruido del secador de pelo.

Ella se mete en la cama. Si percibe que estoy despierto, se acurruca contra mí, buscando calor, y sabiendo que el roce de su cuerpo contra el mío, el olor y la tersura de su piel, y sus ojos llenos de lujuria acabaran haciendo que me abalance sobre ella y la folle tantas veces como mi capacidad me permita.

Cuando estoy dormido, es más sutil. No se abraza a mí. Suele meterse por debajo de las sábanas, y acercar mi pene a su boca, lamerlo un poco suavemente….en este instante, yo empiezo ya a despertarme; entonces lo coge entre sus manos, me masturba,…en este punto aún dudo de si estoy despierto o teniendo un sueño con erección nocturna. Y cuando ya ha conseguido que mi pene esté completamente erecto y a punto de reventar, a veces decide volver a metérselo en la boca, otras se sube encima de mí, otras lo suelta y lo acaba de reventar metiéndolo entre sus tetas,...A veces estoy dormido en realidad cuando ella acaba su baño, pero otras, sólo lo simulo.



Esta noche la veo una vez más, desde un ángulo lateral de la entrada al baño. Veo sus piernas como siempre. Mi sirena. Hoy no la espero en la cama ni me hago el dormido….entro, ella no se da cuenta, está con los ojos cerrados, casi dormida, meto una mano en la bañera, el agua está tibia, agradable, y empiezo a acariciar sus pies. Ella da un brinco, abre los ojos, sonríe y me invita a entrar con ella.
Nos colocamos cómodamente, yo me sitúo debajo y ella sobre mí. Me encanta cómo chapotea mi sirena en el agua.


Gracias Sr. Álex por contribuir con una foto de Natalia, tu obediente esposa, a esta locura mía de coleccionar fotos vuestras, de todos quienes queráis participar.
Supongo que no sólo fue obediencia sino también consentimiento, o sea, que ella estaba encantada con la idea de participar. Así es que dale las gracias de mi parte.
Y Natalia, si me lees,....porfa porfa porfa....consígueme una foto del Sr. Álex! (me conformo enormemente con la de su avatar). Os dedico esta entrada por vuestra colaboración y por ser maravillosamente excitantes!

sábado, 30 de marzo de 2013

El arquero





Hasta hace muy poco tiempo, salvo los indios en las películas del oeste o salvo a ese niño caprichoso y con mala puntería llamado Cupido, yo no conocía a ningún arquero, a nadie que disparase flechas.

Bueno, me equivoco. Hubo un año en que vi por televisión cómo una flecha encendía la antorcha olímpica en mi ciudad (cómo olvidarlo? Fue el año en que cometí uno de los errores de mi vida).

Hace poco conocí a Isaac. Él practica el hobbie del tiro al arco. Su profesión nada tiene que ver con esa afición, aunque a medida que lo voy conociendo más y mejor, creo que sí, que las aptitudes y el conocimiento que se requieren para lo uno y para lo otro quizás tengan más en común de lo que aparentemente pudiese parecer.

Imagino a Isaac de mil formas diferentes en la cama. A veces extremadamente detallista, recorriéndome milimétricamente, sin dejar rincón por descubrir, recoveco por acariciar o poro por saborear. Otras veces como un huracán devastador, que te atrapa, te voltea, te inunda y te deja sin fuerzas.


A veces lo imagino totalmente sumiso, obedeciendo mis órdenes, mis caprichos o mis instrucciones sin poner ninguna traba. Y otras, en cambio, fantaseo con que él toma el mando y a una, que no se deja llevar fácilmente, la convierte en la más perfecta de las sumisas.

Isaac, el arquero, tensa el brazo que sujeta el arco, con fuerza, con precisión. Con la otra mano, coloca la flecha en posición. Imagino que se requieren fuerza, precisión y puntería para llevar a cabo este gesto. Y finalmente, dispara, haciendo que la flecha haga diana, entre donde tiene que entrar, firme, segura y rápida. La flecha llega a su destino y supongo que el arquero siente una satisfacción rayando el placer.


Y así serás conmigo, arquero. Sujetarás fuertemente mi cabeza, harás que mi cuerpo se arquee…y esa posición de mi cuerpo en arco hará que te excites más…y dispararás tu flecha, firme, segura y directa.
Y será entonces que durante unos pocos minutos, y quizás ilusamente por mi parte, yo, mujer hecha arco en tus manos, seré tu pasión.




martes, 4 de diciembre de 2012

Reflexiones sobre los canelones






Mi amiga Raquel me invitó esta tarde a una reunión en su casa. Éramos diez mujeres en total, y venía una representante de esos famosos robots de cocina a hacernos una demostración, por supuesto con el ánimo de vender alguno.
A mí no me van estos asuntos, y Raquel lo sabe. Pero teníamos que ser diez para que ella, como anfitriona y organizadora, recibiese un regalo de cortesía. Así es que lo hice por hacerle un favor.

La representante empezó a hablar de las infinitas posibilidades del aparato en cuestión: cualquier plato era posible, en poco tiempo, introduciendo los ingredientes, seleccionando el programa adecuado, un temporizador,…una maravilla! Y luego pasamos a las demostraciones prácticas.
Yo me estaba muriendo de aburrimiento, pero me esforzaba por prestar atención. Es que nunca me  gustó cocinar.

Cocino lo justo para subsistir. Y procuro esmerarme si tengo invitados. Aparte de eso, poco más.
Mi abuela me decía que a un hombre se le ganaba por el estómago. Quería indicar, supongo, que si eras buena cocinera, ese hombre te querría o te desearía más? Mi madre es una excelentísima cocinera. Y en esta cadena de generaciones, algún gen debió de perderse por el camino porque yo apenas sé cocinar.
He conquistado algunos hombres en mi vida y, además de alguna que otra cualidad, no fue por mi buen cocinar sino por mi “buen comer(les)”.

Seguía la reunión y pasamos a elaborar unos canelones. “Veréis –decía la representante- lo sabrosos que salen y en qué poco tiempo. Plato típico navideño de estas latitudes con el que podréis deleitar a vuestros invitados”.
Y todas empezaron a hablar y a hablar de cómo hacen la salsa bechamel: una que le pone pimienta además de la nuez moscada, otra que le pone dos gotitas de esencia de no sé qué hierba,… y yo callada.

Entonces María, otra amiga de Raquel, que me cae gordísima, se dirige a mí para preguntarme por mi bechamel: “¿Y a ti cómo te sale o cómo te gusta más?”.
Le contesto: “A mí no me sale, me suele salir con muchos grumos. Entonces busco a un maromo que sepa hacerla y cómo más me gusta, es probándola en sus dedos”.
Raquel me mira seria, como si me diese una reprimenda. Pero sé que en el fondo le hace gracia.


María se cree la mujer perfecta: sus platos son los mejores, su ropa la más impoluta, su casa inmaculada,…y todas estas cualidades de ama de casa seguro que su marido las aprecia como grandes dones. Quizás una mamada como tiene que ser no está entre ellos y por eso viernes sí, viernes no, su marido viene a meterse en mi cama, otro momento en el que yo demuestro que se me da bien comer.
Y María insiste: “Chica, pero si la bechamel es muy sencilla. Entiendo que para el relleno de los canelones se ha de tener otra aptitud superior, y saber distinguir una carne de buena calidad, pero la bechamel….”, y seguía, y seguía martilleando.

La verdad es que los canelones se me atravesaron, junto con la verborrea de María. Me levanté, y me acerqué a ella para decirle algo antes de irme: “¿Y tú, querida, cada cuanto follas y de cuántas maneras diferentes?”.
No pretendía que me oyese nadie más que ella, pero la tensión se mascaba en el ambiente, se hizo el silencio y todas me oyeron. Esta vez Raquel estalló en carcajadas.

Me fui, necesitaba aire fresco. Salí a la calle. Hacía frío, no me puse la chaqueta, y noté cómo se me endurecían los pezones. Entonces llamé a R., con quien había comido hoy a mediodía, y le dije: “Tengo hambre”. Dos simples palabras que él entendió a la perfección.


Ahora estoy en casa, en mi cocina, acabando la cena para R. y para mí, porque hoy comimos pero nos quedamos sin postre.
Aguacates rellenos de langostinos con salsa rosa, que esperan en la nevera. Medallones de lomo ibérico en salsa agridulce, acompañados de puré de patata y puré de zanahoria, que esperan en la olla a baja temperatura.

Y ahora fundo chocolate donde sumergiré brochetas con trozos de frutas variadas.



Suena el timbre. Es R. Pruebo el chocolate, empieza a fundirse, aún no está hirviendo. Cojo una cantidad con la espátula, me quito la camiseta, y unto chocolate en mis pechos. Ahora huelen mucho mejor! Voy a abrir, quizás R. quiera empezar por el postre.
Después de todo, quizás no me desenvuelvo tan mal en la cocina.


Dedicado a Isaac.

viernes, 23 de noviembre de 2012

Soy otoño por ti






Ellos se desnudan lentamente,

Inundando de hojarasca el suelo


Indefensos quedan a la intemperie

Pareciera una etapa de duelo



Débiles, muertos en apariencia

Es un ciclo más de la vida

Volverá el esplendor en primavera

Salpicándolo todo de alegría



Despacio, me voy desnudando

Mi ropa yace en el suelo

Y tus ojos, abren camino a las manos,

Recorren todo mi cuerpo



Miradas, caricias

Sobran las palabras

Que dos cuerpos son vida

Cuando el deseo los entrelaza





Dedicado a alguien muy especial que hoy cumple años!
¡Muchísimas Felicidades!



sábado, 20 de octubre de 2012

Psicopequé





Recién acabada la carrera, encontré mi primer trabajo. Era temporal, y no estaba demasiado bien remunerado, pero era un inicio.
Firmado ya el contrato, y tras poner en común con la junta algunas cuestiones de trabajo, me convocaron a una reunión con todos los entrenadores de la escuela de fútbol infantil y juvenil.
El presidente de la junta me presentó: “Tras recibir algunas quejas de algunos padres sobre el trato de algunos entrenadores hacia los críos, el club ha decidido contratar una psicopedagoga, para que analice vuestras metodologías de trabajo y pueda aportar algunos cambios que ayuden a mejorar…….”
Uno de los entrenadores (Jose) intervino: “una psicopequé?”, con cierto tono de sorna. Ya intuía que con aquel tendría problemas.

En una semana y media de asistir  a los entrenamientos de todos los grupos, enseguida vi cuáles eran los tres entrenadores a los que tendría que dar algunos consejos sobre metodología, tono de voz o empatía. Pero en concreto a uno, Jose, quien extendió por todo el club un mote hacia mi persona, psicopequé, porque trataba a los niños como si fuesen soldados en una  instrucción. Y me centré en esos tres casos: elaboré informes, mantuve reuniones conjuntas e individuales, redacté por escrito algunos consejos sobre metodología y todos lo entendieron y acataron excepto Jose.
Así es que tuve que trabajar más con él, presenciar durante muchos días sus entrenos, corrigiéndole en algunos gestos y métodos. Siempre lo hacía sin testigos, para no cuestionar su autoridad ante el equipo. En una de esas tardes de entreno, Jose me dijo que subiese al vestuario, y dejó a su equipo al cargo de otro entrenador más joven.
Una vez en el vestuario, me gritó, me dijo que qué me había pensado, que yo era una señoritinga-listilla-de facultad que nada sabía de fútbol. Yo le pedí que no me gritase y le dije que tenía razón; que yo no sabía de fútbol y por eso no cuestionaba sus tácticas pero sí un poco su metodología, su manera de trabajar.

Él siguió chillando, yo pidiéndole que bajase el tono, y al final me empujó contra la pared, con fuerza, apenas podía moverme. Me besó, fuerte, con furia; con una mano presionaba mi abdomen para retenerme junto a la pared, y con la otra cogió todo mi coño como si se tratase de una pelota de goma y lo aplastó y masajeó. Cuando se apartó de mí, le dije que si volvía a repetir algo así lo denunciaría por acoso laboral. Y estuve más de una semana recordando esa sensación, dolorosa y placentera a la vez.
Eso no le retuvo para nada, y siguió siendo borde, especialmente conmigo, incluso en público. Cuando estaba a punto de mi evaluación final, dejándole fatal por supuesto, le molestó una corrección mía y me volvió a gritar: Psicopequé…fuera del campo!


Esta vez fui yo quien le pidió que fuese a los vestuarios. Al entrar, cerré la puerta y le pedí que se sentase en uno de los banquillos de jugadores. Le dije que no se le ocurriese abrir la boca, que ahora no había corral donde él tuviese que ir de gallito.
Me desnudé. Él hizo ademán de ir a levantarse, y yo le empujé hacia el banquillo de nuevo. Le dije que ahora íbamos a trabajar con su método. No quiero que hables, ni que me toques….sólo que me dejes hacer- ordené, intentando que mi voz sonase lo más autoritaria posible.
Le bajé el pantalón del chándal, y empecé a acariciar su polla, que no tardó demasiado en estar erecta como un mástil. Me arrodillé en el suelo, me incliné hacia él y la introduje en mi boca. Él se removía en su asiento, y me cogió de la cabeza intentando dirigir mis movimientos.
Saqué su polla de mi boca y le dije que no me tocase, ni hablase, que allí y ahora mandaba yo.
Me senté sobre él, mirándole a la cara, agarrándome con mis manos a las perchas, y lentamente me dejé caer sobre él, sintiendo cómo aquella polla dura y húmeda me penetraba, yo me la penetraba, hasta lo más hondo que podía llegarme.
Supe, noté, que aquello no iba a durar demasiado. Que, aunque yo no creí que fuese sexual, la verdad es que había mucha tensión acumulada entre nosotros y que aquello iba a explotar en poco tiempo.
Empecé a cabalgar sobre él, haciendo que él entrara en mí, saliendo, contoneando mis caderas, apretándome contra él… me faltaba la respiración, sudábamos, no había mucha ventilación, él empezaba a gemir, se agarró a mis caderas pero separé sus manos, quería dominarle, quería ser la dueña y señora de aquel orgasmo que le iba a regalar.
Y apreté mi ritmo, y mi coño se acoplaba a su polla a la perfección, como unas buenas botas a un futbolista. Y seguí, y no podía más, yo quería alargarlo, quería incluso detenerme y hacerle suplicar, pero yo no podía más,  necesitaba correrme, y lo hice. Y él lo hizo también. Durante dos segundos, nos miramos a los ojos, me pareció que la rivalidad ya no era tal, y entonces él me besó en el cuello. Ésa fue mi debilidad. O la suya. De pronto sólo vi a un hombre, extenuado, rendido.


Nos vestimos, en silencio. Al final le dije que había muchas maneras de que todos nos lo pasásemos bien, pero que con un poco de colaboración por parte de todos, nos lo podríamos pasar mejor. Ése fue mi mensaje.
Una semana después, entregué mi informe final y me marché del club. Tres semanas después, Jose y yo nos veíamos a diario, y a diario follábamos, en su casa, en la mía….a veces en el coche.  En mí se despertó una necesidad y una lujuria difíciles de cubrir; creía que sólo Jose podía cubrirlas.

Muy poco después nos fuimos a vivir juntos. No nos llevamos demasiado bien, no somos la pareja ideal, discutimos por las tonterías más absurdas, pero follamos todas las noches, algunas mañanas y muchas tardes, las que él no entrena con su equipo.
Finalmente hizo caso de algunos de mis consejos; y ya fuese por eso, o porque el equipo trabajó realmente duro, lograron clasificarse entre los primeros puestos.

A veces me gusta follarme a Jose dominándole, haciéndole bajar sus humos. Yo, que con mis dos o tres relaciones anteriores siempre fui muy modosa y más bien me dejaba llevar. Otras veces, Jose sufre una especie de arrebato sensual que hace que su único objetivo sea provocarme placer como sea, dominando, ordenando, dirigiendo… y yo simplemente acato lo que dice y me vuelvo loca de placer. Con Jose he descubierto que soy multiorgásmica: ¿lo he sido siempre? ¿es posible que sólo lo sea con él?
Jose está aprendiendo a controlar su carácter irascible y su ira a veces algo incontenida. Yo creo que en el fondo intenta disimular la gran sensibilidad que habita dentro de él, para hacerse fuerte, sentirse fuerte. Pero Jose es dulce, sensible,…conmigo lo es mucho. No le hablo de esto, porque cuando lo hago, me susurra al oído: “Te voy a follar psicopequé”…. Y acabamos follando y se acaba la conversación.
Por mi  parte, yo estoy aprendiendo algo de fútbol. Un deporte que creía odiar pero resulta que no lo conocía y no lo entendía. He disfrutado de algunos grandes partidos en el sofá, junto a Jose, y después allí mismo nos hemos puesto a follar como bestias, sin importar cuál había sido el resultado del partido, si nos era favorable o no.
Y los dos estamos aprendiendo juntos que podemos tener miles de orgasmos y que todos nos saben a algo diferente.
Quizás, después de todo, yo sea una buena psicopequé.

Dedicado a Jose, entrenador con un poco de genio, y único personaje real de esta historia . Algún día lograré bajarte los humos!

lunes, 8 de octubre de 2012

Las 10 líneas del sexo




El compañero Javi Signum me nominó para escribir una historia de sexo, que debía cumplir los siguientes requisitos:
1- Contar una historia de sexo en 10 renglones.
2- Utilizar una fotografía ilustrativa al final de los 10 renglones.
3- Estilo libre, poesía, narrativa, noticia, la creatividad es lo mejor.
4- Debe ser algo que aplique a su vida.
5- Entenderse como sexo lo primero que se venga a la cabeza.
6- Nominar a tres personas para contar sus 10 líneas de sexo.


He aquí mi historia:


De casualidad
Era ya de noche cuando me di cuenta de que me había dejado olvidado mi móvil en la oficina. Volvi a por él; nunca me llamaba nadie caída la noche, pero ¿y si alguna vez sucedía el milagro?

Al llegar, vi luz en el despacho contiguo. No era habitual pero aún estaba  trabajando mi compañero Joan. Le saludé y él, sin mediar palabra, se abalanzó sobre mí, me agarró del culo apretándome contra él y me besó hasta cortarme la respiración. 

Cuando pude respirar, intenté hablar, pero entonces me bajó las bragas, me tiró sobre su mesa de trabajo y empezó a follarme. ¿Quién  hubiese dicho que aquel chico discreto y tímido fuese como una máquina, con tanto ímpetu?
Disfruté de una de las mejores sesiones de sexo de mi vida. Al acabar, recogimos todo lo que habíamos tirado al suelo en aquel ataque repentino de lujuria, y nos marchamos.
Cuando llegué a mi casa, miré mi móvil, había un mensaje de Joan: “Te deseo. Desde siempre. Si vienes al despacho, te lo explico. Si no vienes, entenderé que no te intereso en absoluto y seguiremos tan amigos como siempre”.


No me atrevo a nominar a nadie, porque sexo en diez líneas no es fácil.
Así es que lanzo el reto y a ver quién recoge el guante!

Nota: Como mi blog tiene las líneas más cortas que otros (cuestión de plantilla), he hecho el doble, o sea 20 líneas. Bueno, y pico, pero es que si le quito más renglones ya no sería la misma historia.
Se la dedico a Javi Signum por retarme, y sobre todo por ser tan paciente. Al final, encontré el momento.