domingo, 9 de septiembre de 2012

De tiendas



No sé si en otros aspectos también pero en ése nunca he sido demasiado femenina: nunca me ha gustado ir de tiendas, ni sola ni acompañada, ni ver trapitos y modelos ni nada relacionado con todo eso.
Supongo que influyen en ello dos cosas: una, que al no tener mucho tiempo libre voy a lo práctico. Si necesito unos tejanos, me los compro y punto. Mientras entren y me abrochen, y el precio sea razonable, no miro mucha cosa más, casi ni cómo me quedan. Y otra cuestión es que, al no haber tenido nunca una buena percha, un buen tipazo, pues daba igual lo que viese o me pusiese, todo quedaba mal.

Ahora he mejorado un poco pero hay cosas que se quedan grabadas en la piel como a  fuego, incluso las desagradables, y para mí ésta es una de ellas: odio ir de compras y de trapitos.

Mi amiga Andrea cumple años el 31 de diciembre, así es que el último diciembre nos fuimos las dos de compras pues decidí regalarle un vestido mono para Nochevieja. Ella tiene muy buen tipo y en cambio no le gusta cómo le queda nada: “esto me hace mucho pecho, esto me saca mucho culo, esto es demasiado largo, o demasiado corto,….” Y yo me maravillo viendo cómo descarta modelos por los que yo pagaría para que me entrasen, al menos alguna vez.

Cuando estábamos en la tercera de las siete tiendas que visitamos, y yo ya estaba atacada de los nervios y a punto de dejarle mi tarjeta de crédito y esperarla en alguna cafetería, se probó un vestido negro que a mí me encantaba. Para no fijarme mucho en trapitos, aquel vestido me gustó mucho.
Andrea se lo puso y, aunque le gustaba el modelo, no le gustaba cómo le sentaba a ella. Decía que le hacía algunas bolsas, que era un pelín grande, y no lo encontramos en otra talla para ella.
Le dije “Me lo voy a probar yo a ver cómo me queda, a ver si meto estas carnes en esas bolsas que a ti te sobran”. Y me lo puse, y entré, y me miré al espejo y hasta me gusté.
La tela tenía una caída que disimulaba bastante mi panza y mis enormes pechos; en contrapartida, era demasiado ceñido y marcaba demasiado el culo y mis considerables caderas. Andrea decía que me veía guapísima y hasta yo me veía diferente. No lo pensé dos veces; me quité el vestido y me fui con él para la caja, diciéndole a Andrea que la esperaba fuera.
Andrea tardó cuatro horas en elegir su vestido para Nochevieja; yo, cinco minutos.

En Nochevieja me lo puse. Fue una noche familiar y nadie hizo ningún comentario sobre mi vestido. Excepto mi madre, que me dijo que estaba espléndida. Pero…¿existe alguna madre para la que sus hijos o hijas no sean guapísimos y espléndidos?
El vestido, además de mono, es práctico ya que por su forma y textura puede utilizarse tanto en invierno (con un buen abrigo y medias, por supuesto) como en verano. Y volví a ponérmelo en una cena de trabajo en junio. En esta ocasión, no pasé tan inadvertida, aunque no me comí un rosco, como siempre.
Y la tercera y última vez que me lo he puesto fue este agosto, una noche que salí sola….. me sentía guapa y radiante como pocas veces! Raro en mí, pero era cierto. Embutida en mi vestido negro, dispuesta a comerme el mundo, y lo que fuese… Y nuevamente….no sucedió nada.

No importa, el vestido sigue gustándome, me siento sexy con él y eso pocas prendas –y pocos hombres- lo han logrado. 


sábado, 8 de septiembre de 2012

A ciegas pero no tanto: el objetivo



Cuando alguien accede o busca una cita a ciegas de entrada debe haber un motivo. Si has conocido o contactado con esa persona a través de una página del tipo www.sinofollasesporquenoquieres.com el objetivo de ese encuentro es más que evidente, igual que lo sería si la página se llamase www.amigosparasiempre.com

Pero a veces el objetivo no puede ser tan evidente, en otras ocasiones el objetivo puede ser “vamos a lo que surja”.Y luego está la gente más rara, como yo, que no tiene ningún objetivo, al menos no nada claro. Sé que mi objetivo no es buscar pareja y sé que algo a lo que aspiro es a escapar momentáneamente de la realidad.

Creo que es bastante importante que las dos personas que van a encontrarse tengan el mismo objetivo o, como mínimo, que cada cual sepa del objetivo del otro. Si no es así, el encuentro puede ser como poco aburrido, e incluso desagradable.

Como norma general, a mí no me suele gustar que un primer encuentro con alguien sea sexual. No es porque esté chapada a la antigua, “nada de sexo en la primera cita”. Es que esa primera cita tiene que servirme para averiguar si existe feelling, química.  Imagina que quedas con alguien y lo haces ya directamente en un hotel (yo no lo recomiendo, pero ya hablaremos de ello), y te encuentras frente a una persona que te cae bien, con la que puedes charlar de varios temas tomando una copa, pero que no te produce nada más…. ¿Qué haces con la habitación del hotel? ¿Te acuestas con esa persona igualmente sin sentir ninguna atracción en absoluto?, os largáis?, os ponéis a ver la tele…?
Un primer contacto evitaría estos inconvenientes. También puede suceder y de hecho sucede que ves a alguien –que además, previamente ya conoces de algo aunque sea de algunas charlas- y resulta que en pocos minutos esa química se nota, se percibe. Si es mutuo, adelante,… se aprovecha esa primera cita como si fuese la última, que a veces lo es.

Creo que lo mejor es ir a una cita a ciegas (pero no tanto) sin demasiadas pretensiones, dejándose llevar, a ver qué sucede. Eso sí: no estaría mal que alguno de los dos tuviese un as bajo la manga, un plan B. Si ninguno de los dos contempla esa posibilidad, se puede dar el caso de tener ganas y no tener dónde.
Un primer contacto puede abrir puertas, o cerrarlas. Yo he tenido alguna cita a ciegas donde mi compañero y yo hemos tomado unas cervezas, y hemos repetido tomando cervezas, sin que sucediera nada más. Ni sucederá, pero nos hemos pegado unas risas que, sin llegar a provocarnos un orgasmo, nos han dejado muy buen cuerpo.



martes, 4 de septiembre de 2012

Ellas bailan solas




Venga, chicas, animaos, no es para tanto. Ya sé que mostrarse desnudas en público da algo de pudor, pero sólo es la primera vez; luego se supera y puede que hasta lleguéis a encontrarle el gustillo.

¿Qué pasa si creéis que ya no tenemos edad para eso? La desnudez no tiene edad, y alguna vez fuimos jóvenes y la belleza innata a la juventud nos acompañó, no? También hay un refrán que dice que quien tuvo, retuvo; pues algo nos quedará de aquella belleza de antaño.

¿Teméis que algunas miradas se centren en nosotras? Pues sólo podemos cerrar los ojos para no verlas. Eso nos protegerá ante una equívoca sensación de vergüenza pero también nos perderemos alguna mirada de deseo que nosotras hayamos provocado.

¿Qué se nota mucho que la fuerza de la gravedad empieza a causar estragos en nosotras? ¿Alguien está libre de ello?

Ya no sé qué deciros para convenceros de que sentir el sol sobre nuestra piel desnuda nos provocará placer, mucho placer. Y cuando notemos que el calor empieza a agobiarnos, veréis también que el baño puede ser infinitamente más satisfactorio sobre la piel desnuda.

Al fin cogemos una toalla, nos estiramos, ponemos música y a disfrutar. Me incorporo un poco y os miro fijamente… desde luego ya os vale, cada una a su puta bola, cada una derramándose por un lado diferente, esto ya no es lo que era. Tanto empeño en convencer a mis tetas de que el topless es una maravilla a pesar de los pesares y luego ellas bailan libremente, y no al unísono precisamente.




lunes, 3 de septiembre de 2012

Hablar con propiedad



De una manera casual (en el cibermundo siempre ocurre casi todo por casualidad) me topo con alguien. Realmente, creo que más bien se topa él conmigo.

Intercambiamos unos cuantos correos electrónicos con las consabidas presentaciones. Todo es muy correcto, ameno, divertido… y de momento, mi voz de alarma (una vocecilla interior que a veces se pone a dar gritos) no me indica nada sobre el sujeto, lo cual es una buena señal.

Entonces él se ofrece a enviarme una foto. Yo no se la pido, porque nunca pido nada que no esté dispuesta a ofrecer. Una vez advertido, acepto y además le invito a participar en la sección de imágenes cedidas de este blog.

Me pregunta qué parte de su cuerpo quiero ver en fotografía. Y, después de pensarlo un poco, le digo que una fotografía de su tronco.

Supongo que dudó un poco ante mi respuesta y me envió esta fotografía.

Debí hablar con más propiedad y pedir una foto de su abdomen. Ahora, ante la visión de estos dos troncos, dan ganas de abrazar uno y agarrarse al otro.